¿Y si las computadoras se convirtieran en mejores músicos que los humanos?

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Si las emociones humanas definen el arte, ¿qué sucedería si existieran algoritmos capaces de comprenderlas y manipularlas mejor que Shakespeare, Picasso o Lennon? Después de todo, las emociones no son un fenómeno místico sino un proceso bioquímico. Con una cantidad suficiente de datos biométricos y poder de computación sería posible piratear los sistemas del amor, el odio, el aburrimiento y la alegría.

En un futuro no muy lejano podría existir un algoritmo que analice la transmisión de datos biométricos mediante sensores dentro y fuera del cuerpo, determine los tipos de personalidad y los cambios de ánimo y calcule el impacto emocional que una canción en particular —o incluso una clave musical— causa a alguien.

De todas las formas de arte, probablemente la música es la más susceptible al análisis informático, ya que tanto el insumo como el producto se prestan a la representación matemática. Los insumos son los patrones matemáticos de las ondas sonoras, y los productos son los patrones electroquímicos de la actividad neuronal.

(iStock)

Supongamos que alguien tuvo una pelea desagradable con su novio. El algoritmo a cargo de su sistema de sonido inmediatamente identificará su agitación emocional, y sobre la base de lo que sabe acerca de esa persona en particular y de la psicología humana en general, tocará canciones adaptadas que resuenen con su tristeza y hagan eco de su angustia. A continuación el algoritmo podría tocar una canción que tenga probabilidades de animarle, tal vez porque su subconsciente se conecta con un recuerdo feliz de la infancia. Ningún DJ humano podría equiparar las habilidades de una inteligencia artificial semejante.

Se podría objetar que esto aniquilaría las casualidades y nos encerraría en un capullo musical estrecho, tejido por nuestros gustos y disgustos pasados.

¿Qué hay de explorar nuevos gustos y estilos musicales? No hay problema. Se podría ajustar fácilmente el algoritmo para hacer que el 5% de su selección musical sea completamente aleatoria, lanzándole inesperadamente una grabación de un conjunto indonesio Gamelan, una ópera de Rossini, o el último narcocorrido mexicano. Con el tiempo, al monitorear sus reacciones la inteligencia artificial podría incluso determinar el nivel ideal de aleatoriedad que optimice la exploración de nueva música sin causar molestias, tal vez reduciendo el azar a 3% o elevándolo a 8 por ciento.

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Otra posible objeción es que no está claro cómo el algoritmo podría establecer sus objetivos. Si acaba de pelear con su novio, ¿debería el algoritmo alegrarle o sintonizar con su tristeza? ¿Seguiría ciegamente una escala rígida de “buenas” emociones y “malas” emociones? ¿Será que hay momentos en la vida en que es bueno sentirse triste? La misma pregunta, por supuesto, es válida para músicos humanos y DJs. Sin embargo, con un algoritmo esta duda tiene muchas respuestas interesantes.

Una opción es dejar que el cliente decida. Cada quien puede evaluar sus emociones de la manera que desee, y el algoritmo seguirá sus órdenes. Si quiere revolcarse en la autocompasión o saltar de la alegría, el algoritmo servilmente le obedecerá. De hecho, el algoritmo puede aprender a reconocer los deseos, incluso sin que alguien sea consciente de ellos.

En cambio, quien no confía en sí mismo puede instruir al algoritmo para que siga la recomendación de cualquier psicólogo eminente de su confianza.

Si el novio deja a una persona, el algoritmo la guiará por la etapa de la pena, ayudándole a negar lo sucedido con la canción “Don’t Wory, Be Happy” de Bobby McFerrin, luego atizará su ira con “You Oughta Know” de Alanis Morissette, le animará a negociar con “Ne me quitte pas” de Jacques Brel y “Come Back and Stay” de Paul Young, y le dejará caer en el pozo de la depresión con “Someone Like You” y “Hello” de Adele. Finalmente, le ayudará a aceptar la situación con “I Will Survive” de Gloria Gaynor y “Everything’s Gonna Be Alright” de Bob Marley.

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El siguiente paso es que el algoritmo empiece a jugar con las canciones y melodías, cambiándolas ligeramente para que se adapten a las peculiaridades del oyente. Quizás a alguien no le guste una parte en particular de una canción que por lo demás es excelente. El algoritmo lo sabe porque su ritmo cardiaco cambia y su nivel de oxitocina cae ligeramente cada vez que escucha esa parte de la canción. El algoritmo podría reescribir o editar esa sección.

A menudo se dice que la gente se conecta con el arte porque se ve reflejado en él. Esto podría conducir a resultados sorprendentes y algo siniestros si, digamos, Facebook comienza a crear arte personalizado basado en todo lo que sabe sobre uno. Si el novio deja esa persona, Facebook podría regalarle una canción popular sobre ese desgraciado en lugar de una sobre el desconocido que le rompió el corazón de Adele o Alanis Morissette. En suma: el arte como extravagancia narcisista.

Por otra parte, mediante el uso de bases de datos biométricas masivas obtenidas de millones de personas, el algoritmo podría producir un éxito global, que haría que todo el mundo se moviera como loco en las pistas de baile. Si el arte consiste realmente en inspirar (o manipular) las emociones humanas, pocos o ninguno de los músicos humanos podrían competir con tal algoritmo porque no pueden igualarlos en la comprensión del instrumento principal que están tocando: el sistema bioquímico humano.