¿Un político santo?

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Se dice en España que a las 8 de la noche, si estás en Madrid, o das una conferencia o te la dan. Es cierto, si uno se atiene a la cantidad de charlas y conferencias que se dan en la capital española. El que esto escribe se encontraba, la tarde de un viernes del año 2007, alojado en un hotel de Madrid. Llegaba después de una jornada de trabajo extenuante. Me dirigía a mi habitación pasando frente a un enorme salón repleto de gente que tenía un cartel en la puerta: “Unión Europea, a 50 años de su creación“. Me atrapó un subtítulo: Debate. Los españoles, con mucho humor, dicen que donde hay dos españoles, hay tres opiniones. Pensé que iba a ser muy divertido y entré. Si la memoria no me traiciona, el conferenciante era el Presidente del Parlamento Europeo, Josep Borrell, del Partido Socialista Europeo.

Robert Schumann invitaba solemnemente a todas las naciones democráticas europeas a unirse para construir juntas un ‘destino común’

Un poco de historia. En 1957, se firmó el Tratado de Roma, que dio origen a la Unión Europea. Todo empezó el 9 de mayo de 1950, cuando el ministro francés de Relaciones Exteriores, Robert Schuman, captura la atención mundial y al mismo tiempo llega a la cima de su propia carrera política. La idea que lo obsesionaba tomó vida. Era la más grande y conmovedora idea política del siglo XX. El gran estadista Robert Schumann invitaba solemnemente a todas las naciones democráticas europeas a unirse para construir juntas un “destino común”. Esta grandiosa invitación no tenía precedentes en la historia de la política mundial. En definitiva, era proponerles, después de dos terribles guerras mundiales con sus millones de muertos, a sus amigos y enemigos recientes, ni más ni menos lo siguiente: “Dejemos de matarnos y empecemos a construir una Europa de paz y prosperidad por siempre”. Conmovedora y revolucionaria propuesta. ¿Ilusoria, utópica?

Robert Schuman, uno de los padres de la Unión Europea

¡Imaginen la labor de Schuman para convencer a los franceses, con su nacionalismo exacerbado, de que pusieran manos a la obra y construyeran esta magnífica utopía! Sólo un milagro podía hacerlo realidad.

Robert Schuman, el italiano Alcide De Gasperi y el alemán Konrad Adenauer eran tres cristianos convencidos de que, a través de la política, podían servir a los ideales de la paz y del entendimiento entre las naciones.

Pero volvamos al debate. La afirmación, más que la pregunta, de uno de los presentes, hizo estallar por los aires los ánimos de beatitud que hasta ese momento reinaba entre los presentes en la sala: “Eso (la Unión Europea) se lo debemos a esos tres grandes santos, Schuman, De Gasperi y Adenauer. ¡Dígalo usted, señor Presidente!”, lo conminó. Para qué… se armó fenomenal griterío. Cuando volvió la calma, se escuchó: “Pero, ¿cómo se atreve usted a hablar de ‘santos en la política’, que es el terreno de la intriga, de la corrupción y los embrollos?”, gritó alguien.

¿No es posible la santidad en el terreno político?, ¿se puede vivir la fe en ese ambiente?

Podemos conceder que la política tiene cubículos tenebrosos donde habitan leones y zorros. Intereses contrapuestos se atropellan: personales, de partido, ideológicos. Entonces, ¿no es posible la santidad en este terreno?, ¿no es posible siquiera tratar de vivir su fe en ese ambiente? Aducen muchos que esto es una quimera; otros lo tildan incluso de aberrante. Esos dos términos santidad y política son inconciliables, afirman incluso algunos otros.

Sin embargo, en palabras del papa Francisco, “la política es la más alta forma de la caridad”. Por eso es que un cristiano que es llamado a esa vocación no se puede desentender de ella.

Un día los santos vestirán de traje y corbata (Schuman)

Bien, todo esto es para contarles que el Siervo de Dios (etapa previa a la beatificación), el político franco-alemán, Robert Schuman –de nacionalidad francesa, tenía origen germano luxemburgués-, está a un paso de ser declarado beato por el papa Francisco.

Robert Schuman, que en su momento había pensado ordenarse sacerdote para servir a los demás, sintió que desde la política podía hacerlo mucho mejor. Este estadista gigante había dicho: “Un día los santos vestirán de traje y corbata”. Premonitorio.