Un futbolista de Costa Rica da una lección de vida a los niños de EEUU

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(EFE)

Mi corazón se estremeció la primera vez que estuve a pie de campo mientras mi hijo de nueve años participaba en un entreno de fútbol en Costa Rica. Los compañeros de equipo de Liam corrían a su alrededor. Su hermano pequeño Reid estaba fuera del juego ya que, a sus seis años, aún era demasiado joven para este equipo costarricense. Me agarró fuerte de la mano y me recordaba, cada tres minutos, que nunca más jugaría a fútbol en Centroamérica. Veíamos como Liam nerviosamente unía sus brazos tras la espalda y se agachaba cada vez que la pelota rebotaba cerca de él.

Durante varios años había entrenado los equipos de fútbol de mis hijos en Maine, pero ahora estamos viviendo durante todo el año académico en Costa Rica. Sentía tristeza por mi hijo, pero también estaba sorprendida: el equipo sólo entrenaba una vez por semana y, en el mejor de los casos, los pequeños jugarían cuatro juegos a lo largo del año. No me impresionó nada el entrenador.

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En Maine, me presentaba a las sesiones de preparación con algunas notas que había tomado de ejercicios de Youtube: “Bueno chicos, vosotros sois peces pequeños y yo soy un tiburón, tenéis que intentar alejar el balón de mí“. Pero a pesar de mis narraciones sobre depredadores y presas, tuve que cambiar los ejercicios con frecuencia para mantener la atención de los jóvenes.

Sin embargo, ahí estaba ese entrenador de fútbol costarricense haciendo que los niños hicieran el mismo ejercicio monótono: patear la pelota, controlarla y mantener el equilibrio hasta chutar a gol. Todo eso durante 45 minutos hasta que estaban agotados y, probablemente, aburridos. Era un entrenador que sabía gritar.

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Unos meses más tarde, Liam continuaba sin calificar en el equipo, pero su confianza iba creciendo. Era un jugador que antes prestaba más atención a las nubes que al balón y parecía que ahora estaba mostrando un interés real en el deporte.

La mañana del primer partido, toda nuestra familia se subió a un autobús e hizo un largo recorrido por un camino sin pavimentar hasta llegar al campo, rodeado de pasto. El equipo de Liam jugó bien pero perdió. Si yo hubiera estado entrenando hubiera hecho un post partido para enseñarles que “hacerlo bien es más importante que ganar”.

El entrenador de Liam no es así. Él regañó a los niños diciéndoles que merecían perder porque el otro equipo tenía más ganas. Había oído esta palabra antes y me llevó a la película de 1988 Stand and Deliver. En la cinta, un maestro de matemáticas de Los Ángeles, Jaime Escalante, insiste en que los alumnos de una escuela de secundaria de bajos recursos pueden estar más interesados en el cálculo que en las pandillas. “Vas a trabajar más duro aquí que en cualquier otro lugar. Lo único que te pido es ganas, deseo… si no tienes ganas, te las daré yo porque soy un experto”, dijo en un momento del largometraje.

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Me pregunté cínicamente si el entrenador de Liam habría culpado a los niños por la falta de ganas en caso de haber ganado (probablemente no). También pensé que su regaño después del partido podría inspirar a los jugadores a jugar con más ganas, más allá de mi máxima “lo que importa es que juegues duro”.

En el viaje de vuelta a casa, Reid nos sorprendió yendo hacia el entrenador y preguntándole si el podría hacer una excepción y dejaría que un niño de seis años se uniera al equipo.

Mientras tanto, los ojos de Liam brillaban. “Mamá, cuando volvamos a Estados Unidos… ¿crees que seré el mejor jugador de nuestro equipo?“.

“Bueno, si sigues practicando quizás….”. Como buen padre del siglo XXI, empecé a responderle de forma poco sincera pero luego me detuve. “¿Quieres la respuesta sincera?“, contesté.

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Sus ojos se clavaron en mí, y él asintió.

Le comenté que parecía que aún estaba asustado en el campo y que, para crecer, debería quitarse ese miedo e ir detrás de la pelota todo el tiempo, sin importar lo que pasara. “Tienes que trabajar más en tus ganas”.

Desde ese primer juego, antes de cada entrenamiento, cuando los niños funden en tacos y espinilleras, Liam recita su mantra: “Mamá, hoy voy a trabajar en las ganas“. Y así lo hace. En otros ámbitos, Liam sigue siendo nuestra alma creativa y artística, cuyos pensamientos generalmente se centran más allá de lo que está frente a él. Pero en el campo de fútbol, su atención es, ahora, asombrosamente singular.

Reid a menudo tiene sus dudas antes de empezar las prácticas de fútbol. “Creo que no quiero jugar más a fútbol, mamá”, comenta. Pero una vez que lo tiro al campo, puedo ver el poco miedo que siente antes de cada entrenamiento. Él está demasiado ocupado corriendo como para que sus dudas se apoderen de él.

Anoche, después de poner a los niños en la cama, estuve reflexionando sobre lo contenta que estoy de no llevarlos a las clases de hockey, de arte, piano y natación. También estoy contenta de que su entrenador sea “malo”, tal y como Reid insiste en etiquetarlo.

En Estados Unidos, somos duros con nuestros hijos en la manera en que les ponemos a hacer actividades extraescolares. Lo compensamos facilitándoles las cosas, prefiriendo críticas con elogios, cambiando ejercicios cada cinco minutos para que no se aburran, sin hacerlos correr demasiado por miedo a que se quejen. Tal vez hemos evitado que nuestros hijos aprendan a sentir el deseo profundo y doloroso.

El próximo año, cuando regresemos a Maine y me enfrente a un nuevo equipo de fútbol como entrenadora, empezaré con esto: “Niños, déjenme contarles algo que se llama ‘ganas’“. Y luego haré el trabajo duro.