Turismo informal, la receta cubana para mitigar las duras condiciones de vida en la isla

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Autos clásicos que no han podido ser reemplazados y una infraestructura muy deteriorada, problemas persistentes en Cuba

Pequeño, cuadrado y promedio, el Lada es un automóvil soviético basado en el Fiat 124 que se empezó a producir en 1970 y tuvo mucho éxito en los países detrás de la cortina de hierro. A pesar de que los más abultados “almendrones”, los Chevrolet, Buick y Ford estadounidenses de los años 50′, son ya un lugar común en las postales turísticas de Cuba, los Lada los superan en número y contribuyen bastante más a la movilidad de los cubanos.

“En tu país esto es parte del cementerio”, dice a Infobae Daniel, un joven taxista de 24 años que maneja un Lada violeta y que señala el estacionamiento del aeropuerto internacional José Martí, donde tres de cada cuatro autos son un Lada, antes incluso de saber cuál es ese país con autos en sus cementerios.

En el panel de cuerina gastada se destaca un estéreo moderno, incrustado en un soporte que ni los diseñadores italianos y no los constructores rusos imaginaron, y una memoria USB aporta los últimos temas de reggaetón y pop “que se escuchan en Estados Unidos”.

En Cuba el wifi sólo se consigue en las plazas y otros lugares públicos, comprando horas de servicio al Estado y utilizando celulares o computadoras portátiles

Daniel no oculta su descontento con el gobierno, cree que sólo “algunos viejos” apoyan el régimen de los hermanos Castro y desconfía de la promesa de Raúl de dejar el poder en 2018. Parece estar más interesado en mejorar su calidad de vida y se enoja con un gobierno al que acusa de cada día querer quitarle más de su dinero.

“Si yo fuera un taxista oficial, no podría trabajar porque el gobierno cree que yo gano 800 dólares al mes y quiere cobrarme impuestos por esa cantidad, pero yo no gano eso”, dice.

El sueldo promedio en Cuba, trabajando para el Estado, es de apenas unos 740 pesos al mes (cerca de 29 dólares). Un viaje del aeropuerto hasta el centro de La Habana cuesta, en promedio, entre 30 y 50 CUC, la moneda turística atada al dólar, pero Daniel y otros taxistas tienen que pagar alquileres altos a los dueños de los autos y el combustible, antes subvencionado por Venezuela, hoy está mucho más caro.

Un Lada descompuesto en La Habana, uno de los autos más populares de Cuba fabricado en la Unión Soviética a partir de la década de 1970 (Niek van Son)

De todas formas Daniel es parte de una clase ascendente de cubanos que se dedica al turismo informal, ese que escapa a los hoteles de cadena europea, los guías de Cubatur o Havanatur y los Audi y Peugeot último modelo que proveen a la flota estatal de taxis, mucho más cara.

Sus traslados de turistas desde y hasta el aeropuerto, y entre casas de familia que alquilan habitaciones en diferentes barrios, le reportan un ingreso varias veces mayor al que recibe un cubano promedio, sea barrendero o médico cirujano.

Asimismo ésta y otras actividades permiten paliar las duras condiciones de vida en la isla que el reciente huracán Irma, que golpeó a Cuba con fuerza y provocó al menos 10 muertos, parece haber vuelto a evidenciar.

Una familia evacuando sus pertenencias antes de la llegada de Irma (AP)

La mayoría de las fatalidades ocurrieron en el centro histórico de La Habana, donde miles de personas viven en viejas casonas que no han recibido mantenimiento en décadas y cuyas estructuras sufrieron con fuerza los vientos y el agua.

Pero el problema de infraestructura afecta a todo el país y todos los rubros, y el turismo informal se ha convertido en una manera de mitigarlo.

La actividad, terminantemente prohibida durante el extenso gobierno de Fidel Castro, donde la ley de “asedio al turismo” impedía que los cubanos que no trabajaban en las empresas estatales de turismo se acercaran siquiera a una persona con pasaporte, floreció con la llegada de su hermano Raúl Castro como una forma de ampliar, aunque fuera de manera mínima, la iniciativa privada.

Una casa afectada por las inundaciones que provocó Irma. Los destrozos que causó el huracán volvieron a visibilizar las difíciles condiciones de vida en la isla (AFP)

Las personas abrieron sus casas para ofrecer habitaciones y comida. Prácticamente todo auto se convirtió en un taxi ilegal en potencia y en la calle cualquier cubano se comenzó a ofrecer como guía de la ciudad, las costumbres y la revolución, pero también como insistente agente del mercado negro y la prostitución.

El Estado, que antes veía en estas prácticas, al menos las primeras, una competencia contra su monopolio total, ahora permite, interviene y se lleva su tajada. Para lograr el permiso para alquilar una habitación, por ejemplo, los propietarios deben invertir en aires acondicionados, mini heladeras, refacciones, toallas, entre otras comodidades para los turistas que muchas veces escapan a los cubanos y que sólo se pueden comprar en tiendas estatales.

“Es una solución al problema de falta de infraestructura turística en Cuba”, considera Lázaro, un guía que viste jeans, camisa a cuadros de manga corta y sombrero de paja y que trabaja para una de las principales agencias de turismo del Estado. De baja estatura y muy resuelto, él mismo parece un panfleto de la Revolución como los que se leen en grandes carteles sobre las rutas provinciales de la isla.

Propaganda política en las rutas de Cuba

Lázaro nació en una familia campesina en la provincia de Sancti Spíritu, en el centro del país, donde no había luz eléctrica ni agua potable y donde todo pasaba por el cultivo de la caña de azúcar y los ingenios.

Con la Revolución emigró a Trinidad, una antigua ciudad colonial que hoy es un destino turístico muy popular, y aprendió a leer y escribir.

Ya identificado con los principios socialistas, Lázaro atendió al llamado de la República Democrática de Alemania, afectada por la falta de mano de obra tras la sangría de la Segunda Guerra Mundial, y dedicó cuatro años a trabajar en la industria del acero en Magdeburgo y Halle.

En esos años se convirtió en obrero calificado e hizo turismo en la esfera de influencia soviética: visitó la ciudad arrasada de Dresden y cruzó la frontera hacia Checoslovaquia y Polonia e incluso caminó por las calles de Moscú.

Una postal de los circuitos turístico tradicionales en Cuba: el bar El Floridita y su daiquiri

A diferencia de la Alemania Oriental, Cuba no pudo ofrecerle una industria pesada a su regreso, por lo que Lázaro decidió sumarse a la ola de turismo internacional que a principios de 1990 estaba empezando a llegar a la isla, asfixiada económicamente y muy necesitada de dólares por el colapso del precio del azúcar y la URSS, en tándem.

Por esa razón Lázaro, que había aprendido la lengua de Goethe entre fundiciones y ruinas, se dedicó a buscar turismo alemán en Trinidad, actividad que sigue alternando con guías en el casco histórico de la ciudad.

“Se hicieron muchas cosas mal en Cuba, en especial con respecto al azúcar y la gestión de las empresas estatales”, analiza. “Pero no fue culpa del Comandante, sino de sus asesores”, enfatizó en referencia al fallecido Fidel Castro.

Lázaro defiende el turismo informal y su rehabilitación de parte del Estado cubano, pero advierte por la diferencia de ingresos entre los que se dedican a estas actividades y quienes se esfuerzan para lograr un puesto en la universidad cubana.

En 2016 las aerolíneas volvieron a volar desde los Estados Unidos a Cuba

“Para entrar a la universidad debes tener un promedio de 95 sobre 100, y gozas de un gran prestigio, pero estas personas que son las más inteligentes y las que hacen un trabajo más valioso en la sociedad ganan menos que quien limpia zapatos a los turistas o revende tarjetas de conexión a internet”, explica.

Vestido con camisa verde de mangas cortas, corbata a rayas, pantalón pinzado y zapatos negros, Miguel es médico y trabaja en un centro geriátrico para extranjeros. Su hermana, experta en virus como el Zika y el Dengue, se encuentra trabajando en Argentina

En sus momentos libres, Miguel mantiene un ojo abierto para los turistas y cuando estos le aceptan la conversación les recomienda atracciones en La Habana o algún “Paladar”, como se conoce a los restaurantes montados en casas de familia, donde recibe una comisión por cada extranjero que lleva a sus puertas y por cada plato de mariscos, los más caros, que convence de ordenar.

Autos clásicos y sus conductores esperan por los turistas (Reuters)

Y es que el turismo informal y esta incipiente iniciativa privada cubana parecen estar, también, basados en una actitud cooperativa. Consiste en una interminable red de amigos, familiares, conocidos y socios que llevan a los turistas de un lado a otro a cambio de una parte, y que incluso mostrarán al viajante, si así lo quiere, el otro lado de la isla donde la policía esquiva viste siempre de civil y la escasa comida se compra en tiendas de racionamiento: arroz en libras, leche hasta los 7 años, el pan diario y los duros cigarrillos cubanos sin filtro que raspan la garganta como si fueran una lija.

Los miembros de estas redes se destacan entre los demás. Visten ropa de marcas importadas, se permiten muy de vez en cuando unas vacaciones en los mismos cayos que los turistas y alguno, excepcionalmente, se mostrará hablando con un iPhone de hace 5 años mientras “coge el viento” por las noches en el Malecón. Esta forzada exuberancia del consumo los asemeja, a su vez, a quienes están bien conectados políticamente o aquellos que tienen familia en la Florida o en la costa este y que reciben las remesas salvadoras.

En las tiendas de racionamiento los cubanos pueden comprar ciertos productos de primera necesidad a precios subsidiados (Marcel601)

Tal es el caso Juan, un taxista de la provincia de Las Villas con familia en New Jersey, quien maneja un Chevrolet modelo 1956 con motor de Hyundai y tiene que pagar 10 CUC por cada turista que le delegan en la calle quienes gritan “Taxi”, y a los que llevará desde Trinidad hasta los Cayos en el norte, donde proliferan los hoteles all inclusive y las playas que hacen de Cuba un destino privilegiado en el Caribe.

Juan sabe que afuera de las isla también hay diferencias y cobra distintas tarifas según la nacionalidad. Por eso llena su Chevrolet de europeos y latinoamericanos y cuando tiene la oportunidad de un momento de intimidad con estos últimos dice: “ustedes pagaron 15 CUC, pero si los demás preguntan pagaron 30, para que no haya conflicto”.

La Habana bajo el agua tras el huracán Irma (AFP)

Los “almendrones” como el suyo pueden verse por toda La Habana junto a los Lada, y son el único transporte público que parece posible para un turista muchas veces encantado con la deliciosa decadencia cubana y otras un poco desorientado por un sistema y unos códigos que son únicos.

Los cubanos, en cambio, viajan en “Guagua”, el autobús fabricado en China, el nuevo proveedor industrial de la isla, que recorre La Habana a través de varias líneas y siempre repleto de personas. Cuesta 40 centavos de CUC sin límite de distancia, frente a un mínimo de 8 CUC en taxi para recorridos muy cortos.

Pero a bordo casi no se ven turistas, y cuando uno sube inmediatamente es recibido con miradas de extrañeza por la invasión de un espacio público que les pertenece y de un mundo ajeno que han logrado construir. Pronto se sumará también la decepción al recordar que un miembro de esa constelación de contactos que buscan mejorar la vida diaria como sea, y que posiblemente esté montado en un Lada, se está perdiendo el viaje lucrativo de la semana.

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