Tengo un chip en el cerebro que lee mis pensamientos

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El electrodo forma parte de un sistema que podría ayudar a la gente con parálisis a superar las lesiones y a reanimar las articulaciones.

Siempre me ha fascinado lo mucho que prometen las computadoras. Por eso, para mí siempre ha sido importante conseguir lo mejor y más reciente en tecnología. Ya de niño, yo era el único de la familia que configuraba los nuevos aparatos y ordenadores. Es la pasión de toda una vida lo que me ha llevado a convertirme en un pionero de la tecnología biónica. Ahora mismo, soy la única persona del planeta que tiene un chip implantado en el cerebro que puede leer mis pensamientos y mandar esas señales, a través de un puerto instalado en mi cráneo, a una computadora, que después puede enviar esa información de vuelta al cuerpo para que este haga cosas.

Durante los últimos tres años, he estado usando esta revolucionaria tecnología llamada NeuroLife para eludir una lesión medular que me dejó tetrapléjico. Aunque esté paralizado del pecho hacia abajo, cuando estoy conectado al ordenador mediante una manga especial que me envuelve el antebrazo, puedo usar las manos para coger y soltar cosas. La tecnología me reanima el brazo y me permite controlarlo con la mente, de manera parecida a cómo lo movía antes del accidente.

El accidente sucedió en 2010 durante mi primer año en la Universidad de Ohio, en el condado de Athens. Unos días después de mis exámenes finales, me dirigí a los Outer Banks, en Carolina del Norte, para disfrutar de unas breves vacaciones con la novia de aquel momento y unos amigos. Recuerdo estar conduciendo en el trayecto de nueve horas, pensando en lo bien que nos lo íbamos a pasar y deleitándome por el hecho de pasar unos días relajados y disfrutando. Cuando por fin llegamos, fuimos directos al océano a disfrutar las olas.

“Soy la única persona del planeta que tiene un chip implantado en el cerebro que puede leer mis pensamientos y decirle al cuerpo para que este haga cosas”

Estaba tan emocionado que fui el primero en meterse en el agua, aunque estaba bastante fría. Me tiré de cabeza contra una ola, como había hecho millones de veces antes, pero esta vez las olas me empujaron hacia abajo, y el agua no era muy profunda. Me di con la cabeza contra un banco de arena. Al momento supe que algo no iba bien porque no podía salir del agua. Afortunadamente no estaba solo. Mis amigos me sacaron a la orilla.

Al principio fui muy optimista. Pensaba que volvería a hacer lo que quisiera en unas seis semanas. No me dieron un diagnóstico claro hasta la mañana después del accidente. Pero cuando lo hicieron, fue muy deprimente. Me había quedado tetrapléjico. Dijeron que podría mover los brazos un poco, pero que no sería capaz de hacer mucho más. Me dijeron que me haría falta ayuda con todo, desde vestirme y comer, hasta beber o encender la luz. “Así va a ser el resto de tu vida”. Realmente me llegó a lo más hondo, pero me lo tomé como un desafío. Quería demostrar que se equivocaban. Quería volverme tan fuerte como pudiera y llevar la mejor vida posible a pesar de la lesión.

En primer lugar, tuve que aprender de cero todos los aspectos de mi vida para adaptarme a la parálisis. Hice terapia externa en la Universidad Estatal de Ohio, en Columbus, porque el campus estaba a solo 20 minutos de casa de mis padres. Con ayuda de los médicos, fui capaz de hacer más por mí cuenta de lo que esperaba al principio. Después de mucho trabajo, ya podía comer por mi cuenta, controlar la silla de ruedas e incluso conducir un coche.

Pero me di cuenta de que, tarde o temprano, el tratamiento que tanto me estaba ayudando se acabaría debido a mi seguro, así que tuve que buscar otras opciones. Empecé preguntando a los doctores, “¿Qué otras maneras tengo de recibir tratamiento y seguir mejorando?” Eso me llevó a realizar investigaciones que me permitirían seguir el tratamiento sin depender de las ayudas del seguro. Estos estudios también me acercaron a algunas de las mejoras tecnológicas más avanzadas del mundo hoy en día.

Los doctores de la Universidad Estatal de Ohio en una operación de implante cerebral profundo similar a la que se sometió Ian.

Cuando empecé con el proyecto de investigación NeuroLife, los médicos no me contaron toda la verdad. Al principio me dijeron que el estudio se centraba solo en usar estímulos eléctricos en los músculos de los antebrazos. Los estímulos los controlaban ingenieros mediante ordenador. Había oído e incluso usado la estimulación eléctrica anteriormente en fisioterapia. Pero el sistema que creó el Instituto Battelle y que probaron conmigo era más avanzado de lo que había visto jamás: en realidad permitía a los médicos elegir y estimular los pequeños segmentos de músculo que quisieran; así podía mover partes más pequeñas como un solo dedo, en vez de toda la muñeca.

Una vez fuimos capaces de ver que mis músculos respondían a la estimulación, me hicieron la pregunta del millón. Los médicos dijeron que el resto del plan era tomar el sistema de estimulación y conectarlo con un implante cerebral. Con el implante, si pensaba Abre la mano el ordenador podría estimularme el brazo en las zonas correctas y hacer que mi mano se abriera. Sería capaz de controlar mi mano independientemente con la mente, a pesar de mi lesión.

Si tienes una lesión de médula espinal, con esta tecnología no tendrías que depender de otras personas para hacer todo.

Llegados a ese punto, estaba muy emocionado porque pensé, Va, quizá pueda volver a usar mis manos de nuevo. Pero la trampa era que debía tener implantado ese sensor en mi cerebro mediante cirugía. Y entonces, al final del estudio, tendría que pasar por una segunda operación para que me lo quitaran, porque el implante no está diseñado para funcionar para siempre. Tuve que preguntarme a mí mismo seriamente si hacer todo esto era algo práctico y razonable. Lo que de verdad me hizo decidirme fue el hecho de que tenía esta oportunidad única en la vida para ayudar a la ciencia y a la tecnología a avanzar, y quizá echar una mano a otras personas que vivan con parálisis.

La noche antes de mi operación cerebral, tuve que ir al hospital para hacerme un seguimiento. No pude pegar ojo porque estaba muy emocionado con todas las posibilidades que se abrían ante mí. Me desperté la mañana de la intervención y me sentí como un niño en Navidad. Me sedaron para la operación, así que no recuerdo mucho; pero los doctores básicamente me abrieron la cabeza, me hicieron un agujero en el cráneo y después pusieron el electrodo en la superficie del cerebro. Después de la cirugía, no sabían si realmente iba a ser capaz de controlar el sistema. Tuvimos que esperar a que todo se curara antes de que pudiéramos verdaderamente enchufar mi cerebro al ordenador.

Una de las cosas raras a las que tuve que acostumbrarme fue a tener un puerto sobresaliendo de la cabeza. Es una abertura en la piel que pasa por dentro del cráneo hasta la parte superior del cerebro, así que, obviamente, la lista de problemas potenciales es muy larga. Por no mencionar que era una sensación rara. La pasaba mal intentando dormir por la noche y poniéndome la ropa. Me llevó algo de tiempo acostumbrarme a ese peso extra en mi cabeza, pero ahora me parece completamente normal.

La manga de Ian Burkhart que estimula los músculos. Foto de Andrew Cagle.

Una vez que todo estaba curado y en orden, pudimos conectar el sistema. Al principio, solo controlaba un mando virtual en una pantalla de ordenador, no mi mano de verdad. Esto me ayudó a entrenar y prepararme para la realidad. El momento mágico llegó cuando por fin conectamos el implante al estimulador y creamos el sistema NeuroLife. Me permitiría pensar en un movimiento, y entonces el ordenador enviaría esas señales a mi mano, así que en realidad la podía mover. La primera vez que controlé la mano con mi propio cerebro a través del sistema fue alucinante. Me confirmó que todos los riesgos de la cirugía cerebral habían valido la pena y que la tecnología en la que estábamos trabajando iba en la dirección correcta. También me motivó a continuar trabajando duro para aprender a controlar mi cuerpo con el sistema.

Con esta tecnología he hecho muchas cosas geniales, como jugar a Guitar Hero. Pero el mejor momento hasta ahora fue el primer día que pude coger una botella, verter el contenido en un plato pequeño y, después, coger un agitador y removerlo. Para mí fue superimportante porque era muy práctico, y pude ver de primera mano cómo esta tecnología podía cambiar de verdad las vidas de la gente con parálisis. Por desgracia, está todavía en fase experimental. Y aunque me encantaría contar con esa funcionalidad en mi casa y en todas partes, solo puedo conectarme al sistema en un laboratorio de la OSU.

Ahora mismo, algunos de los mayores obstáculos a los que se enfrenta esta tecnología antes de estar disponible al público son el tamaño, la fiabilidad y la conveniencia. Algo que podría cambiar estos aspectos sería hacer que el sistema funcionara sin cables, de manera que tengas un sensor en el cerebro hablando a los estimuladores colocados por todo tu cuerpo; no solo en las manos, también en las piernas y pies.

Veo esta tecnología como algo que podría usarse en la vida cotidiana. Si tienes una lesión de médula espinal, con esta tecnología no tendrías que depender de otras personas para hacer todo. Podrías vivir una vida más independiente. Lo que estamos trabajando con la OSU y Battelle incluso tiene el potencial de cambiar las vidas de la gente sin discapacidades. Podría ir más allá de simplemente restaurar a funcionalidad y llegar a ofrecer al humano habilidades que nunca ha tenido. Es increíble pensar que por formar parte de esos estudios, he estado en lo más innovador de todas estas posibilidades futuristas, y estoy ansioso por ver lo que todavía está por llegar.

Artículo publicado por VICE.com