Te amo, pero necesito terminar contigo

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Mi novio es un bruto tosco y amoroso que una vez caminó desde México a Canadá y que rompe más cosas de las que arregla. Y arregla muchas cosas. Es inteligente, pero torpe en el ámbito social; puede decirte el nombre de huesos pequeños y desconocidos del cuerpo humano pero no puede evitar meter la pata al hablar. Es un adulto que siempre tiene las rodillas lastimadas. No tengo idea de cómo se las arregla para lesionarse con tal regularidad; quizá es de piel delgada.

Era un conocido desde hace algunos años cuando lo llamé un día para pedirle ayuda con lo que parecía ser una infestación de roedores; había algo vivo entre mis paredes. Llamar a un conocido así fue un último recurso, pero me sentía sobrepasada y él tenía la pinta de ser alguien que podía ayudar.

Veinte minutos después tocó a mi puerta con overoles de pintura y botas para lluvia, armado con trampas, una cubeta y algún artilugio casero que se estaba moviendo dentro de su mochila incluso cuando él estaba quieto. Cayó una gota de sudor de su frente hacia los lados de su sonrisa. Me recordó a los Cazafantasmas.

Mi intención no había sido que él pasara la noche ahí, pero llevaba tres semanas con neumonía y cuando recosté mi cabeza en el sillón escuché al roedor en el muro masticando justo detrás de mí. Entonces, mientras caía rendida, busqué desde mis ojos entrecerrados al caballero de la armadura.

Ahí estaba, balancéandose en una silla cual elefante de circo mientras usaba un tenedor para forzar una lámpara en el techo. Él blandía mi cepillo de pelo favorito en la mano, listo para meterlo por un hoyo para propósitos que nada tienen que ver con cepillado. Me horrorizaron sus métodos, pero agradecí la ayuda y la compañía. No le pedí que se fuera.

La trampa que puso en el techo se disparó varias veces durante la noche, como una pistola cuyo disparo hace eco en una capilla vacía; el ruido profano magnificado por la acústica celestial. Cada vez que lo oí y me sobresalté en medio de un estupor por la medicina contra la tos sentí una mano calurosa y reconfortante en el brazo.

“No te preocupes”, me dijo. “Vuélvete a dormir, yo me encargo”.

Después me enteré de que encargarse requirió solamente de un utensilio, el tenedor, que usó para retirar al ratón muerto y luego para sacar mantequilla de maní del envase a modo de carnada para otros roedores. La higiene en la cocina se volvió un tema de debate constante en los siguientes meses.

Cuando usa mi estufa quita las hornillas y quema lo que sea directamente sobre el gas hasta que se ve de color obsidiana y más oscuro; dice que le recuerda a ir a acampar. Una vez escuché ruidos como de homicidio y lo encontré en el piso, donde estaba quitándole los mangos a una cacerola que estaba bien antes, para “hacerla más pequeña”. Cuando hice mención de que estaba pensando deshacerme de una silla, la agarró y la dobló sobre su rodilla; quedó partida a la mitad.

Mi genio fuera de la botella padece de una condición frustrante: otorga los deseos de manera prematura. Además es proclive a dejar daños colaterales.

Deshizo mi escoba cuando intentó jalar algo que había caído debajo del refrigerador; hizo un hoyo en la pared cuando perseguía a una araña; ha descompuesto varios electrodomésticos, y colgó las barras para las cortinas de modo que quedaron chuecas… en dos ocasiones. Le gusta resolver problemas, pero no es perfeccionista. Mis proyectos para muebles armados lo frustraron sin igual. Se la pasó maldiciendo y agitando los brazos; rompió por lo menos una pieza importante por ira y, aun así, improvisó para que el trabajo quedara hecho.

El amor es la parte más sencilla: llegará una y otra vez, tantas veces se lo permitamos. ¿Y luego?

Mi querido novio es un libro abierto, te dice todo tal como lo piensa. Intentó mentir algunas veces sobre cosas pequeñas y se delató con una sonrisita adorable, como si fuera su primer día en el preescolar. Nunca he dudado de su amor, incluso en los peores momentos.

Es un chef prolífico. No todo sabe bien, pero siempre está poniendo platillos enormes de comida humeante frente a mí, con el encanto de niño que entrega su proyecto hecho con macarrones. (“¿Qué hiciste, cariño? ¿Gachas humeantes? Ah, lasaña… claro, se nota”).

Son regalos que deja a los pies de una deidad, porque me trata como a una diosa. Al principio bromeábamos con que era así, pero en algún momento el fingirlo se desgastó y en su lugar quedó la plena la adoración.

Sí lo adoro. Cuando tengo un mal día me siento mejor con tan solo sentir su piel calurosa. Tiene una temperatura que considero celestial. Deja que pase mis manos por su cabello como si fuera un jardín zen durante mucho tiempo. Tiene una paciencia infinita si se trata de mí.

Siempre tiene tiempo para tomar el camino que tiene paisaje. Me llevó al bosque para ver las estrellas fugaces y al desierto para mirar la floración. Hemos andado juntos en bicicleta por caminos escondidos en mitad de la noche y caminado por la playa mientras llueve. Cuando sonaban sus canciones de country favoritas las cantaba a centímetros de mi cara y lloraba en sus partes preferidas mientras sostenía mi mano. Sin importarle que me estaba tratando de lavar los dientes. Mientras más espuma tenía en la boca, más quería él besarla.

Sus soluciones son sencillas pero brillantes. Si estoy iracunda al final de un largo día me levanta, me lleva a la cama y apaga las luces para que duerma de una vez. Problema resuelto.

Pero hay otros problemas que se mantienen. Hay una línea delgada entre la atracción de opuestos y las diferencias intratables. Tenemos una historia de amor, pero el amor no basta para mí, pese a que me siento incómoda al admitirlo.

Cuando era más joven pensaba que el máximo momento del romance era cuando surge el amor. Pero ahora veo que el amor es la parte más sencilla: llegará una y otra vez, tantas veces se lo permitamos. ¿Y luego? ¿Qué pasa con los demás detalles?

No estamos de acuerdo respecto a cómo tratar a la gente, en qué gastar nuestro dinero, qué significa explorar el mundo. Soy una criatura sencilla que quema incienso y colecciona arte obtenido en Craigslist. Él es un justiciero de ojo por ojo que tiene una pistola. Su mente lógica está superafinada; yo me inclino más por las estimaciones visuales. Creo que sería un excelente padre, pero no puedo imaginarnos teniendo hijos. Y como tengo casi 37 años sí pienso en esto.

Terminé con él en septiembre, justo antes de una luna llena. Me desperté entre lágrimas y me di cuenta después de unas horas de que no iba a dejar de llorar hasta que lo dejara ir. Cuando mi instinto queda al mando puedo ser bestial. Sabía que tenía que hacerlo, solo no sabía cómo.

¿De qué manera terminas con alguien cuya compañía disfrutas, pero con quien no ves un futuro? Debo añadir que, además de las otras diferencias, es mucho mayor que yo. Lo nuestro no tiene sentido o, por lo menos, yo no puedo entender cómo tendremos sentido.

Al no tener idea de cómo romper con él terminé buscando instrucciones en wikiHow. Leí de reojo algunos artículos y comprendí los puntos básicos. Ir a algún sitio privado por si él se desmoronaba durante la conversación. Sé honesta y directa. Que todo sea breve. Una mujer escribió que hornea galletas para dárselas a quienes están por ser sus ex novios, como el beso de la muerte de Betty Crocker. Yo compré cerezas y su líquido para lentes de contacto.

No le dije por qué iba camino a su casa, pero creo que lo supo. Desde un inicio se dio cuenta rápido de que no podía leer mis pensamientos así que aprendió a leer mi corazón. Puso dos sillas, una enfrente de la otra, e hizo algo dulce que me encanta, puso sus brazos sobre mis piernas y se me quedó viendo a los ojos. Me escuchó por un buen rato antes de desmoronarse.

La primera lágrima fue como un alfiler. “Vámonos a Las Vegas y casémonos hoy mismo”, me dijo. “Yo manejo toda la noche y así estaremos de regreso en la mañana”.

Le respondí: “No sabotees esta conversación con una propuesta de matrimonio”.

Tenía sus pesados antebrazos sobre la ventana de mi auto cuando empecé a echarme en reversa para salir de su entrada. Cuando los empujé al lado sentí el calor sublime de su piel delgada entrando hacia mi cuerpo.

Ahí seguramente sintió mi incertidumbre respecto a la situación; unas semanas después regresó para buscarme y abogar por su caso. Me dije que solo lo iba a dejar estar ahí una hora, pero se nos fue el tiempo después de que nos abrazamos. Sigo sin pedirle que se vaya.

A veces me pregunto si las relaciones son como problemas de matemáticas: hay que sumar las cosas buenas, restar las malas, hacer los cálculos y, al redondear, te topas con el resultado más cercano a un marido. Nunca fui buena para las matemáticas pero esta ecuación es una que sigo intentando resolver, para conciliar si el amor en nuestro caso es mayor o menor a la duda.

Nasreen Yazdani es escritora de comedia y vive en San Diego.