Quién es el mago de la artesanía en papel picado que brilla en el Día de Muertos mexicano

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En los tradicionales altares que los mexicanos colocan en la fiesta de los muertos, el papel picado es un adorno indispensable. En la delegación Tláhuac, una zona semirural ubicada al sur de la Ciudad de México, hay un artesano ha hecho de la tradición un arte. Se llama Pedro Ortega y su papel picado lo ha llevado a participar en certámenes en el extranjero, como el Concurso Internacional de Diseñadores de Papel en Kioto, Japón.

Con papel hace las figuras de calaveras y catrinas (la figura esquelética de sombrero que creó el artista mexicano José Gudalupe Posadadas) para los altares del Día de Muertos, una de las fiestas más tradicionales que México celebra los días 1 y 2 de noviembre. También construye con cartón y papel retablos de estilo colonial con ángeles y santos, inspirado desde su juventud en las figuras de la Catedral Metropolitana.

Sus artesanías, que hoy elabora con sus hijos Eloy, Adrián e Ismael, se han exportado a Estados Unidos, Francia y Australia, y se exhiben en tiendas y recintos de arte de México.

“El papel –dice– tiene un encanto muy especial, con el papel se pueden lograr muchos relieves, es más colorido, su textura, su sabor, su olor, sus tintes… Tiene un sonido maravilloso y el encanto de lo efímero: dura lo que una fiesta. Así como la felicidad es un momentito, el papel también es un momentito”.

Por su trabajo, ganó el Premio Nacional de Arte Popular en 1992. “Nunca me lo esperé”, dice el maestro Ortega, al recordar la ceremonia donde recibió el elogio del escritor y periodista Carlos Monsiváis, uno de los cronistas mexicanos más importantes.

Del dibujo a la artesanía

La afición de Ortega por el papel picado y la cartonería nació durante su infancia y adolescencia, por el gusto que le tenía al color y a las fiestas de su pueblo. “Me llamaba mucho la atención el movimiento de los papeles colgados que se movían con el viento y tenían un sonido muy especial: como que rezumbaban con aire fuerte y se mecían con una candencia muy bonita cuando apenas soplaba”.

También era un aficionado al dibujo, a los personajes de Walt Dinsey y de Rius, uno de los caricaturistas más importantes de México, que creó historiétas emblemáticas de la cultura popular como Los Supermachos y Los Agachados.

De sus visitas al Museo Nacional de Artes e Industrias Populares tomó inspiración para recrear sus primeras figuran en papel y las primeras técnicas. Para su confección le bastaban las tijeras de su madre. “Para mis propias creaciones copiaba, recordaba cómo eran los papeles que había visto y los recortaba con las tijeras con las que mi mamá hacia sus costuras”.

 

 

En 1984, Ortega abre su propio taller para promover su trabajo en la Ciudad de México. “Incluso anduve de torero (vendedor de calle) enfrente del Palacio de Bellas Artes. Allí abría mi cajita para que los turistas me compraran”. No tenía otro lugar donde venderlas porque para exhibirlas en el Museo Nacional de Artes e Industrias Populares, necesitana una acreditación del entonces Instituto Nacional Indigenista, que ya no existe.
Pero la suerte se puso de su lado cuando conoció a la directora del Museo Universitario de Artes Populares, María Teresa Pomar, quien al ver sus creaciones en papel fino decidió promoverlo para entrar al Premio Casart de Miniaturas, donde obtuvo el primer lugar en 1986.

Las piezas de Ortega saltaron de la tradición del papel al arte cuando emprendió la elaboración de retablos inspirados en el arte colonial y barroco. En papel recreo ángeles, vírgenes y personajes bíblicos como Adán y Eva, que llamaron la atención por su depurada técnica.
“Yo no copio, recreo temas más cotidianos, de mi pueblo”, dice. En sus obras están reflejados los mitos y las historias de la tradición de oral de su comunidad.

“Todavía hay muchas comunidades herederas de materiales, técnicas, diseños y de elementos que vienen culturalmente desde esas épocas de la etapa formativa de lo que somos hoy, una esencia que recuerda mucho las ceremonias y los rituales del pasado”, dice.

Un arte efímero

Su trabajo tuvo tal demanda que en su taller empleaba a familiares, amigos y vecinos. Pero la situación económica y la falta de protomores lo obligaron recortar costos y bajar su producción.

Para crear una pieza de 37 por 48 centímetros le basta una hora y media si el diseño es sencillo y hasta 3 cuando requiere más detalles. Los retablos, en cambio, le llevan entre 15 y 20 días y a veces 3 o 4 meses.

El costo de piezas de diseño único oscila entre los 2.500 y los 24.000 pesos (132 y 1.263 dólares), y las calaveras de cartón van de 350 a 400 pesos (USD 18,5 a 21).

Ortega y su familia son una de las cuatro familias que en Tláhuac se dedican a la elaboración de papel picado. Algunos jóvenes se acercan a su taller para pedirle que les enseñe, pensando que aprenderán rápido para vender. “Pero aquí no vas a ganar dinero para hacerte rico”, dice.

Son piezas que da para ir pasando el día a día. Por eso él tuvo que combinar las artesanías con un trabajo administrativo en el gobierno de la Ciudad de México, que le permite hoy vivir de su jubilación. Sin embargo, lamenta mucho la situación que enfrentan los artesanos. “Sin apoyo –dice–, la gente que ha dado su sensibilidad termina viviendo en la miseria y considerada un estorbo para la sociedad”.

El apoyo que les brinda el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) no es suficiente. Tampoco los reconocimientos institucionales. “El diploma lo cuelgas y el dinero te lo gastas y ya”, dice. En cambio, sería muy importante que promovieran el trabajo de los artesanos y lo apoyaran con políticas públicas para conservar la tradición del arte popular.

“El papel es efímero –dice–, pero no se perderá mientras sigan las fiestas”.

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