Las desopilantes advertencias de Lord Chesterfield (s.XVIII) a su hijo sobre las mujeres

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Las cartas con las que Philip Dormer Stanhope, IVº Conde de Chesterfield, instruía a su heredero para la vida son un clásico en su género, por el conocimiento que este noble inglés exhibe sobre la naturaleza humana y el arte de la política.

Lord Chesterfield (1694-1773) fue un destacado y admirado funcionario y hombre de letras inglés, que brilló en la Corte, en el Parlamento, en la diplomacia y como gobernador de Irlanda. Pero su fama póstuma se debe esencialmente a la publicación en dos tomos de las cartas que le enviaba a su hijo, cartas llenas de enseñanzas, consejos, reprimendas y advertencias que bien pueden considerarse como un manual de política y diplomacia (para ver una muestra de ello, cliquear aquí).

Ahora bien, sus comentarios sobre lo que llama el “bello sexo” muestran el largo camino recorrido por las mujeres. Si nos guiamos por la concepción de Lord Chesterfield, en el siglo XVIII no se consideraba seres muy racionales que digamos ni dignas de otra conversación que no sean frivolidades; sin embargo, Stanhope es muy consciente del poder que pueden llegar a tener algunas de ellas, por ejemplo en la Corte, en razón de su “belleza, fortuna o condición” (o por culpa de los varones débiles que les dan más espacio del que merecen), y aconseja por lo tanto vivamente a su hijo que no les manifieste desprecio, sino todo lo contrario, aun a costa de la simulación.

Lord Chesterfield (1694-1773)

A continuación, algunos extractos de las cartas de Lord Chesterfield.

Londres, 5 de septiembre de 1748

Mi querido hijo,

…quiero revelarte ciertos arcanos sobre esta materia [las mujeres], que te serán de lo más útiles; pero es necesario que los tengas ocultos con sumo cuidado, sin dejar jamás aparecer que los conoces. Las mujeres pues, no son más de niños de una estatura mayor que la de éstos; tienen una charla entretenida y a veces ingeniosa, mas en cuanto a juicio sólido y razonado, no he conocido en mi vida una que lo tuviese, ni que discurriese u obrase consecuentemente durante veinticuatro horas seguidas. Sus mejores resoluciones se miran siempre interrumpidas por alguna pasioncilla o humor. Su hermosura descuidada o puesta en duda, su edad aumentada o su pretendido entendimiento despreciado, todo esto inflama al instante sus pequeñas pasiones y echa a tierra cualquiera sistema de conducta que hayan podido ser capaces de formar en sus momentos más juiciosos.

Un hombre sensato sólo chancea con ellas, se entretiene y se muestra complaciente y halagüeño como lo sería con un niño despejado y alegre; pero jamás les consulta sobre asuntos serios ni se los confía, bien que con frecuencia les hace creer que así lo ejecuta y esto las envaneces más que nada, porque son amiguísimas de entrometerse en los negocios que, por decirlo de paso, siempre echan a perder; y sospechando con razón que los hombres en general no les conceden más que una ligera atención, adoran casi a aquel que les habla más seriamente, y que parece consultarlas y depositar en ellas confianza. Digo parece, porque sólo los hombres débiles lo hacen realmente, pero los discretos sólo lo aparentan.

No hay adulación exagerada o despreciable para ellas; acogerán con ansia las más desmedidas y aceptarán con reconocimiento las más insignificantes; y tú puedes con seguridad adular a una mujer principiando por su entendimiento y finalizando por el exquisito gusto de su abanico. Las mujeres que son hermosas o feas, sin que de ello haya la menor duda, reciben mejor las lisonjas bajo la tecla de su entendimiento; mas aquellas que guardan un estado medio entre la fealdad y la hermosura, se muestran más sensibles a los elogios de sus perfecciones o por lo menos de sus gracias; porque toda mujer que no es decididamente fea, se cree hermosa; pero como no oye decir con frecuencia que lo es, se siente más agradecida y obligada con los pocos que se lo aseguran; a la vez que la hermosura indisputable que no duda de sus perfecciones, mira los tributos que se le pagan como un derecho debido; epro ha menester brillar por el lado de su entendimiento y ser encomiada en este punto. Del mismo modo, una mujer cuya fealdad es tal que no le permite ponerla en duda, sabe que no le queda más recurso que su entendimiento, que por consecuencia viene a ser, y probablemente en más de un sentido, su lado feble.

Pero estos son secretos que debes tener inviolables, si no quieres verte, como Orfeo, despedazado por todo el sexo. Al contrario, un hombre que quiere vivir en el gran mundo debe ser galán, cortés y atento a agradar a las mujeres. La fragilidad de los hombres es causa de que ellas tengan más o menos influencia en todas las cortes, y puede decirse que el bello sexo es el que graba el carácter de cada hombre en el mundo brillante y, a semejanza de la moneda, lo declara de buena o de baja ley, y que tenga curso o sea despreciado en el comercio de la vida. Es pues necesario contemplar a este sexo, adularlo, darle gusto, y no manifestarle nunca la menor señal de desprecio, porque es cosa que jamás perdona, pero esto no le es particular, porque los hombres mismos perdonan más bien una injuria que un insulto.  

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Londres, 27 de septiembre de 1748

“El principal objeto de un diplomático en país extranjero, es penetrar los secretos y descubrir las veredas de las cortes en que reside, y esto nunca lo conseguirá si no posee aquella agradable insinuación, aquellas maneras atractivas y aquel delicado manejo que, granjeándole todas las voluntades, hacen su presencia apetecida, y que adquiere en cierto modo la privanza en las mejores sociedades y familias. Entonces sí que se hallará bien informado de todo lo que pase, tanto por las confianzas que se le hicieren, como por los descuidos e indiscreciones de las personas de la compañía que se acostumbran a mirarle como de casa, y por consecuencia a no observarse ni estar sobre sí en su presencia.

Un ministro que sólo va a la corte en que reside por haber pedido una audiencia en forma al príncipe o al ministro, de acuerdo con las últimas instrucciones que ha recibido, despierta la atención, y nunca conocerá más que lo que ellos se propongan comunicarle. Las mujeres pueden ser aquí de alguna utilidad: la favorita de un rey o la mujer o favorita de un ministro, son muy capaces de dar informes de gran importancia, o a lo menos muy útiles, llevadas del vanaglorioso orgullo de hacer ver que se ha hecho confianza de ellas; pero para este caso se requiere aquel colmo de habilidad que deslumbra a las mujeres; quiero decir, aquella obsequiosa cortesanía, aquel delicado manejo, y aquel brillo exterior a que no pueden ellas resistir.

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Londres, 22 de mayo de 1749

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Como el bello sexo tiene alguna y a veces demasiada influencia sobre los hombres, tu conducta con las mujeres (me refiero a las mujeres de condición, porque no puedo suponerte capaz de frecuentar ningunas otras), merece alguna parte de tus reflexiones. El cuerpo que ellas forman es numeroso y locuaz; y los perjuicios que te acarrearía su odio serían mayores que las ventajas de su amistad. Es pues necesario tener con el bello sexo una complacencia general, y no faltar a las debidas atenciones establecidas por el uso; pero cuando quisieres agradar de preferencia a alguna mujer cuya posición, influjo o conexiones pudieren serte útiles, es necesario que le manifiestes una predilección particular. Las menores atenciones agradan a las mujeres, más las grandes las encantan. Por exagerados que fueren los encomios inocentes y afables sobre su belleza, son recibidos con anhelo y digeridos con placer; mas la aparente consideración que se paga a su entendimiento, los deseos que se manifiestan de obtener sus consejos, la deferencia que se muestra por sus decisiones y la confianza con que se honran sus virtudes morales, todo esto les hace volver el juicio en tu favor. Nada las ofende tanto como la menor señal de aquel desprecio que ellas creen que los hombres tienen de su juicio y capacidad; y tú puedes estar segurísimo de ganar su amistad si te pareciere que vale la pena de obtenerla. Aquí el disimulo es a veces necesario, y aun la simulación es a veces perdonable, porque agrada a las mujeres, es útil para ti y no causa daño alguno.

Londres, 19 de diciembre de 1749

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Las mujeres se asemejan unas a otras más que los hombres, y en realidad no tienen más que dos pasiones, vanidad y amor; estos son los dos rasgos distintivos de su carácter universal. Una Agripina podrá sacrificar ambas pasiones a la ambición o una Mesalina a la lujuria; pero tales ejemplos son raros, y en general, todo cuanto las mujeres dicen o hacen tiende a satisfacer su amor o su vanidad. Quien más las adula, más les agrada; y aman más a quien en su opinión las quiere mejor. No hay para ellas lisonja abultada, ni constancia excesiva, ni fingimiento de amor exagerado; pero por otra parte la menor palabra o acción que pueda interpretarse como indiferencia o desprecio, es imperdonable y no la olvidan jamás.

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Londres, 22 de febrero de 1750

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Tu deseo de mostrarte civil con las damas romanaste sugerirá los medios de hablarles con elegancia. Se me ha dicho que la princesa Borghese habla mal y de mala gana el francés, de modo que tu aplicación a su idioma podría recomendarte a los ojos de esta dama que, por una especie de prescripción más larga de lo que ella misma desearía, se halla a la cabeza del mundo elegante de Roma, y por consiguiente puede establecer o destruir la reputación de un joven. Si ella lo declara amabile y leggiadro (amable y agraciado), los otros lo tendrán por tal, o a lo menos aquellos que no lo piensen así o se atreverán a decirlo.

En todas las ciudades considerables hay algunas mujeres de esta especie, cuya categoría, hermosura o fortuna, las coloca a la cabeza de la moda. Por lo general han sido galantes, pero dentro de ciertos límites, y la experiencia les ha enseñado, así como a sus admiradores, las maneras delicadas, sin las cuales no podrían conservar su dignidad, sino que caerían en desprecio por el galanteo que las ha puesto en boga. Sucede con estas mujeres lo que con los ministros y favoritos en la corte: aquellas deciden de las modas y de las reputaciones, como éstos de la fortuna y de los empleos. Muestra pues en todo lugar una atención distinguida a estas soberanas del mundo elegante, porque su pasaporte es una recomendación en todos los reinos de la moda; pero en este caso recuerda que reclaman cumplimientos y consideraciones infinitas; y si te fuere posible debes inferir y anticipar sus pequeños caprichos e inclinaciones, serles útil procurando que te traten de manera familiar, ofreciéndote a desempeñar sus pequeñas comisiones, ayudándolas a hacer los cumplimientos caseros y aparentando que tomas un cordial interés en sus pesares, sus perturbaciones y sus proyectos, porque siempre traen algo entre manos.

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