La escoba de paja, ¿un clásico en peligro de extinción?

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Si bien son varias las fábricas que existieron y no es necesario de una inversión demasiado alta para su producción -en gran medida artesanal-, las tradicionales escobas de paja luchan por estos días contra la competencia y los bajos costos del escobillón plástico, pero sobre todas las cosas, contra la pérdida del oficio.

“Como el trabajo de la escobería es muy pesado, el laburo es totalmente artesanal y físico, tedioso, a los jóvenes de hoy en día no les interesa aprender el oficio”, le explicó a Infobae Leandro Vivanco, parte de una familia que desde hace más de 40 años se dedica a fabricar escobas en San Pedro, provincia de Buenos Aires.

Leandro hoy está a cargo de “La esquina de las escobas” en el barrio porteño de San Cristobal, donde vende lo que se produce en la fábrica familiar La Sampedrina. “En San Pedro como zona de fabricación de escobas habría en su momento unas 40 fábricas del rubro y hoy si quedan 15 es mucho“, explicó el escobero, sobre una tendencia que empieza a preocupar.

“A mí me enseñaron de chico, mis amigos jugaban a la pelota y yo iba a trabajar por una cuestión de necesidad y si no te enseñan estas cosas de chico después es difícil”, admitió el vendedor de 35 años, que empezó a los 11 a meterse en el mundo de la producción de escobas, cuando todavía la fábrica familiar estaba en el fondo de la casa de su abuela.

Mientras que cuatro personas fabrican en un día unas 120 escobas, una máquina de hacer escobillones hace una docena en 10 minutos y el costo es menor. “Es más fuerte para pisos de tierra, cemento, veredas, hoy en día el precio de la escoba está muy por debajo de lo que debería estar realmente pero se devalúa porque tiene que salir a competir”, comentó Vivanco sobre esta costumbre que resiste a pesar de las diferencias del mercado y que sigue siendo de producción artesanal.

Hacer una escoba

El armado de escobas consta de cuatro partes bien definidas e igual de importantes. Al tratarse de un trabajo que no automatizado, que no cuenta con maquinaria que solucione el proceso, cada fase de la línea de producción todavía necesita de horas hombre: alguien que maneje la técnica tiene que estar a cargo.

“Cuesta conseguir mano de obra, desaparece un armador de escobas y conseguir otro es muy difícil, lo mismo un cosedor”, detalló Leandro en diálogo con Infobae, antes de describir el proceso que se lleva a cabo en la empresa familiar.

“Una vez con la paja blanqueada y secada, se comienza por la ‘elegida’. La paja hay que elegirla, sacarle la chala y después rolerala, es decir sacarle las semillas con un rodillo dentado con un motor eléctrico en el que se pone el manojo de paja para que le pegue y la vaya limpiando”, explicó Leandro.

Quien distribuye las partes de la escoba es el armador. Según la calidad de la paja, ésta ocupará un lugar distinto. El “sobre” es la de mejor calidad y va por fuera, la del medio es llamada “tapa”, y última la “tripa”. La división es meramente estética ya que en la punta -la parte que se utiliza para barrer- todas son iguales.

La tercera instancia del proceso estará a cargo del “cosedor” que utilizando una doble guadaña colocará los hilos, los que cumplen la función de aplanarla. Por último el “endocenador” las agrupará en grupos de doce poniendo las mejores por delante y las dejará listas para la venta.

“Signo de cultura”

Apoyada en un rincón en la casa de la abuela o en la propia, sujetada en las propias manos, en las del portero o del vecino, la escoba es de esas cosas que están y que uno no se cuestiona. Siempre estuvo ahí e imaginamos que siempre iba a ser así, aunque la realidad es que hoy pelea una batalla silenciosa contra el paso del tiempo.

Como herramienta de limpieza, la escoba se fue modificando a lo largo de los años y de las sociedades, hasta llegar a ser tal cual la conocemos: en un comienzo era un conjunto de ramas aferradas a una más grande que hacía de mango.

Cuando visitó España, en 1846, Domingo Faustino Sarmiento afirmaba que la escoba “es una invención moderna” y sostenía que en ese país “no se ha inventado el mango aun, barriendo con escobita de palma, doblando el espinazo para alcanzar el suelo”. En cambio, “los Estados Unidos se hacen notar por la perfección de su escoba que exportan a todo el mundo”, decía y remataba: “La escoba, pues, es signo de cultura, como que la limpieza es el distintivo de la civilización“.

No distinguió nunca de clases sociales y la cultura popular la tomó como un lugar común en torno al que también se tejieron mitos: que barrer casa nueva con una escoba vieja trae mala suerte, al igual que guardarlas en un armario, que si la ponemos hacia arriba atrás de la puerta no llegarán visitas inesperadas, y que las brujas la utilizan para su transporte son algunos entre muchos otros mitos que no hicieron otra cosa que aferrarla aún más a nuestro inconsciente colectivo.

Menos fantástica fue la llamada “rebelión de las escobas” de 1907, cuando la Municipalidad de Buenos Aires decretó un incremento en los impuestos y los propietarios de los conventillos no dudaron en subir los alquileres. Fue entonces que los inquilinos, en su mayoría inmigrantes, iniciaron una huelga que tuvo como protagonistas a las mujeres con sus hijos que a escobazos limpios sacaban a los abogados, escribanos, jueces, bomberos y policías que pretendían arrancarlos de sus casas.

 

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