Jon Lee Anderson: “Trump es un presidente incapaz, hostil y un enemigo de la democracia”

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Nació hace 60 años en California y eso aún se advierte en su modo de vestir, de andar y también en el perfil de sus ideas, que hoy más que nunca lo han llevado a cruzar cierto límite en sus expresiones, según cuenta, al punto de que por momentos se lo escucha enojado y al borde de la indignación por el rumbo que está tomando la política en su país a partir de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Jon Lee Anderson es el autor de una celebrada biografía del Che Guevara y de diversos y destacados libros sobre Medio Oriente, además de corresponsal de guerra y gran conocedor de la realidad latinoamericana. Sus crónicas se publican en The New Yorker, la refinada revista que acaso mejor conjuga todavía rigor y calidad en tiempos de redes sociales, posverdades y el imperio del click. Su modo de reportear -cuyos lineamientos comparte con regularidad en los talleres que dicta en el marco de la Fundación Nuevo Periodismo fundada por García Márquez- es el sueño de todo periodista con ambición viajera y narrativa: tiempo para investigar, tiempo para entrevistar, tiempo para escribir. El resultado de ese privilegio profesional nunca defrauda ya que sus textos son siempre iluminadores. Basta con recordar sus crónicas sobre Cuba en diferentes períodos, los relatos de sus encuentros con Fidel Castro o con Hugo Chávez y algunas maravillas de la crónica contemporánea como “El poder y la torre”, un artículo en el que narra su recorrido por lo que fue la Torre de David, un edificio construido con ambiciones empresariales y que devino una multitudinaria favela con forma de rascacielos sin terminar y al que Anderson definió como el símbolo más importante del fracaso que llevó a Caracas a ser “una ciudad fallida”.

Invitado por la fundación OSDE, Jon Lee Anderson visitó Buenos Aires para dictar conferencias y se dio tiempo para brindar entrevistas. Una de ellas fue con Infobae, una mañana de primavera, en los alrededores de Plaza San Martín. Estas fueron algunas de las frases más fuertes.

*Yo no respeto ese voto. Es el voto de los intolerantes, xenófobos, racistas y mezquinos del país.

*Hoy en día miro hacia atrás y veo a George W. Bush, que no era santo de mi devoción estando en el poder, pero ahora lo veo como Abraham Lincoln.

*Trump no ha llegado a matar gente a ese nivel todavía, pero Hitler estuvo en el poder buen rato hasta que comenzó con sus soluciones finales.

*Para mí él es el enemigo de la democracia. Él es antidemocrático. Es un ser maligno. Yo no lo reconozco como el presidente de mi país, para mí es ilegítimo, no lo reconozco, no lo respeto.

*No creo que sea propio de los mandatarios agarrarse con los periodistas. Siempre he sido crítico de eso.

*Hay momentos en la vida en que uno no sólo es periodista sino ser humano, ciudadano, y uno tiene ya un papel. Quizás si yo tuviera 25 años y estuviera recién comenzando en un diario, a lo mejor me cuidaría más.

Lo que sigue es la transcripción del diálogo en el que el gran cronista cuenta cómo se vive la llegada de la “grieta” a su país y explica por qué considera al presidente Donald Trump un enemigo de la democracia y a este período de los Estados Unidos, una anomalía de la historia.

Recién mientras esperábamos para iniciar esta nota decías algo así como que podrías perfectamente prescindir de Twitter y, sobre todo, que lo pensás como una actitud militante en contra del presidente Donald Trump.

— Así es, como él impone la agenda diaria, mediática y política a través de sus tweets, yo creo que nosotros no deberíamos dejar que él lo imponga, nosotros somos los que deberíamos imponer la agenda. ¿Por qué siempre seguir al político de turno, en este caso, un patán como Trump? Yo creo que nosotros quizás deberíamos dejar de utilizar Twitter justamente para dejarlo a él sin herramientas.

— Una cosa es hablar de Trump como un patán, pero ¿qué pasa con los que lo votaron? Porque en una democracia se supone que uno respeta el voto del otro.

— Yo no respeto ese voto. Es el voto de los intolerantes, xenófobos, racistas y mezquinos del país. Cada país tiene su lastre social. Quizás no sea políticamente correcto decirlo, y no es que uno ande declamando por la calle, generalmente convivimos. Cuando hay armonía social en un país convivimos con quien sea. Yo soy más liberal que los conservadores y puedo convivir con ellos perfectamente, pero no convivo con racistas ni violentos ni xenófobos, y eso es lo que representa Donald Trump.

— ¿Hay tantos millones de racistas, xenófobos e intolerantes en Estados Unidos?

— Pues obviamente que sí. Sí. Y mira, si vamos de país en país podemos encontrar que hay buenos porcentajes de poblaciones que son parecidas. Vladimir Putin, que es un gángster, gana las elecciones cada vez ¿no? Lo celebran. Aparentemente, a una mayoría considerable de rusos les gusta que un hampón sea el presidente de su país, y que catorce amigos ex KGB sean los dueños de los recursos naturales de ese país. 

—Es cierto que se pueden hacer ciertos cuestionamientos a lo que es la democracia en Rusia, que lleva pocos años, pero eso no es lo que ocurre en Estados Unidos. Por eso la pregunta es: ¿sólo se puede estar de acuerdo cuando llega al poder alguien que de algún modo tiene que ver con uno?

— No, no, para nada. Hoy en día yo miro hacia atrás y veo a George W. Bush, que no era santo de mi devoción estando en el poder, pero ahora lo veo como Abraham Lincoln, ¿entiendes?

— Claro.

— A lo que voy es que nunca anduve pensando en las cosas violentas que quería hacer con Bush, sí con Donald Trump. Hablando en serio, yo creo que en una democracia uno debería tener las fibras democráticas suficientes para lidiar con gente que no piensa como uno. Pero, en el mejor de los casos, los que llegan al poder en nuestros países han de ser gente parecida. Es decir, aunque no tengan los mismos pensamientos, deberíamos poder saber que esto es un regateo y que nos van a respetar también a nosotros, que no van a violentar nuestros códigos, que no van a revertir la asistencia para sectores de la población, que no va a actuar el mandatario de manera maligna e injusta a conciencia hacia sectores de la población o del mundo. Con eso sí ya estamos en un problema. Yo creo que ese otro plano lo tiene Donald Trump: no es un presidente normal, es un presidente incapaz, hostil a la mayor parte de la moral de muchas personas, que apela a los instintos más bajos de una minoría. Una minoría a la que no reconozco como conciudadanos, prácticamente.

— ¿No es esto parte de algo que está pasando en general?

— Puede ser.

Lihueel Althabe

— Digo: hay algo que está socavando lo que tiene que ver en general con los principios democráticos y hasta la propia democracia se pone en cuestión en este momento como sistema de representación en muchos lugares del mundo.

— Claro, así es.

— ¿Donald Trump sería como un emergente de esto?

— Sí, sí. Y el más peligroso de todos por ser el presidente del país más poderoso. Sí, exacto.

— Porque es algo que uno está viendo también en algunos países en Europa.

— Sí claro, la democracia está siendo puesta a prueba de una forma inusitada, así es. Yo quiero una democracia en donde todos tengamos una voz. Y reconozco inclusive que esta gente pueda tener su opinión, pero no los quiero en el poder. Yo sé que el ejemplo de Alemania de los años 30 y 40 es extremo pero, de todas maneras, había una Alemania civilizada antes de Hitler, y Hitler con su gente representaba a la gente con más odios, más xenófobas, más racistas, de su país. Lo sabemos: hoy en día es ampliamente reconocido en el mundo. ¿Acaso entonces Hitler no fue un jefe de Estado excepcional en Alemania, aún representando una realidad demográfica de su país? ¿Pero por eso mismo había que lidiar con ellos y justificar lo que hacían con los judíos, con los gitanos, con los homosexuales, con los discapacitados, con todos los demás? No. Trump no ha llegado a matar gente a ese nivel todavía pero Hitler estuvo en el poder buen rato hasta que comenzó con sus soluciones finales.

— Es posible imaginarte entonces militando activamente contra un próximo período de Donald Trump en el poder.

— Claro, sí, sí. Mira, vamos a hablar claro. Para mí él es el enemigo de la democracia. Él es antidemocrático. Él es un ser maligno. Yo no lo reconozco como el presidente de mi país, para mí es ilegítimo, no lo reconozco, no lo respeto. Él es el enemigo, con todo lo que significa eso. Él es el enemigo no solamente de nosotros los periodistas, porque todos los días nos increpa, nos vilipendia, grita “fake news” a los que realmente están haciendo la noticia de forma rigurosa y transparente y protegiendo así la democracia del país. El lo está poniendo en peligro, él es el enemigo de la democracia norteamericana, y por ende de la democracia como un precepto en general. Porque Estados Unidos tiene una presencia y un papel muy grande en el mundo. Y aunque él tiene muchas flaquezas, y las ha tenido, y cada presidente ha tenido sus flaquezas, pero mi país ha demostrado ser una especie de bicho sincrético que ha ido transmutando a través del tiempo y, en general, mejorándose, con sus altos y bajos. Es decir, es un país que convivió con la esclavitud hasta hace 150 años, la abolió y llegó a tener un presidente negro. Un país que no dejó a la mujer votar hasta hace 100 años pero ya tiene mujeres políticas, o sea la mujer tiene una presencia mucho más lograda en la sociedad. Etcétera, etcétera, etcétera. Pero todo eso se va a pique con un Donald Trump.  

— ¿Obama habría sido el pico más alto de esa excelencia democrática y Trump sería lo más bajo?

— Sí, quizás.

— Hace años que en ciertos países de América Latina hay un fenómeno que se conoce como grieta y que es una brecha importante entre dos partes de la población que piensan diametralmente opuesto. Alguna vez hablaste del legado dañino de Hugo Chávez en Venezuela en relación a esa oposición dramática entre chavistas y antichavistas ¿Algo de eso llegó a Estados Unidos, hoy?

— ¿Algo del legado de Hugo Chávez?

Lihueel Althabe

— No, hablo de la división entre ciudadanos como nunca antes se había dado. Es decir, aquellos que están con el gobierno y aquellos que están contra el gobierno de una manera radical, como nunca antes.

— Sí, sí. Sí, aunque no ha llegado a mayores todavía porque en Estados Unidos hay Estado de derecho, que está siendo minado por Trump en la medida en que él puede nombrar jueces para la Corte Suprema. Está intentando todos los días minar los fundamentos democráticos y las instituciones democráticas del país. Eso es lo que está haciendo desde la Casa Blanca. Nosotros, los medios, somos una de las únicas fuerzas de contención que hay junto con algunos políticos, líderes sociales y ciudadanos que tienen el voto. Entonces nuestro deber es hacer más, y más, y más, y más transparente cada vez los comportamientos de su gobierno en aras de educar y convencer a la población de lo que está sucediendo realmente en el país. Todavía tenemos un Estado de derecho que implica que hay jueces en Hawaii, o en el Estado de Washington o en California que pueden impedir que él siga adelante con algunas de sus órdenes ejecutivas más malignas como prohibirles a las personas de determinadas nacionalidades venir al país, como ha hecho. Entonces eso es muy de Estados Unidos, no sé si otros países tienen jueces con este tipo de potestad, nosotros sí los tenemos. Tenemos una separación del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial todavía.

— También el enfrentamiento con la prensa es algo que se vio y se ve aún en América Latina. Se vio con Chávez, se ve mucho más pronunciado con Maduro, se vio con Rafael Correa, con los Kirchner, sobre todo durante los gobiernos de Cristina Kirchner.

— Se ha visto y yo creo que muy criticable. No creo que sea propio de los mandatarios agarrarse con los periodistas. Siempre he sido crítico de eso y lo fui cuando estaba Cristina Kirchner, lo fui cuando empezó con eso Chávez, y lo soy con Trump. Yo creo que es una vertiente autoritaria que se ha metido en la política. Y en la medida que, quizás, la definición de los medios se ha ampliado y ha fluido juntamente con las nuevas tecnologías se ha hecho más fácil que eso suceda, ¿no? Y obviamente los mandatarios de gatillo fácil, más fogosos o más autoritarios, son más tendientes a utilizar Twitter, o inclusive el micrófono, para amedrentar o increpar directamente a los medios. Cosa que no es propia de los mandatarios, no se hizo antes. Hay maneras de actuar y comportarse. Mira, Theresa May no es santa de mi devoción políticamente y creo que ha manejado muy mal la política en Gran Bretaña desde el Brexit, pero yo la respeto. Yo no veo que ella ande increpando. Lo hace en un tono británico, o sea, ella se defiende y se entiende más o menos con alusiones y cierta etiqueta, que no está conforme ni feliz con la prensa. No veo que Angela Merkel ande nombrando periodistas por su nombre increpándolos. O quejándose de las “fake news”.

Lihueel Althabe

— Pero ¿qué podrías decir como autocrítica del periodismo? Porque seguramente tampoco el periodismo ha hecho todos los deberes como debía hacerlos.

— Pero no, yo resisto y me rehúso a hacer una autocrítica en aras de Donald Trump. Esto es lo que también comenzó a hacer la clase política inmediatamente después de la irrupción en escena de Trump. Cuando ganó, empezaron a decir: “Ay, sí, deberíamos hablar con esta gente”. Entonces comienzas a ver bestsellers en las librerías sobre los hillbillies, sobre los red necks de Estados Unidos, sobre lo que algunos llaman white trash… Entonces, ¿necesito saber lo paupérrimo que es en términos morales, éticos y sociales esa clase de población? Siempre los he conocido, son los que andan armados por ahí. Son los que insultan a los negros y golpean a las mujeres. ¿Acaso necesito sentir su dolor? ¿Por qué? ¿Porque son los electores de Trump y son una fuerza electoral? ¿Debo sentir su dolor y autoflagelarme porque tuve una educación y soy más culto que ellos? Son ellos los que tienen que hacer el tránsito hacia la civilización. Son ellos que están en la barbarie. El hecho de que tengan un representante en la Casa Blanca no me los hace más apetecibles ni tengo que entenderlos: ellos nos tienen que entender a nosotros. Nosotros sacaremos a ese hombre de la Casa Blanca y ellos van a tener que aprender, ¿entiendes? Esto es un período erróneo. Sería como decir que porque ISIS logró conquistar territorio en Irak y Siria durante tres años y amedrentar y asesinar a un montón de gente y expresarse como un califato, declararse un califato, nosotros deberíamos entender a esa expresión más oscurantista del Islam.

— Pero los de ISIS no llegaron por el voto.

— Mira, en esa parte del mundo nadie llega por el voto. Entonces el efecto era igual en el Medio Oriente. Los musulmanes tenían que optar por qué clase de Islam querían, porque la fe y la política son lo mismo en muchos de esos países. Entonces tenían que optar si eran pro ISIS o anti ISIS.

— Uno ve lo que viene pasando en los últimos años en relación a la crónica y al periodismo de batalla y mientras la crónica hasta recibe el premio Nobel como en el caso de Svetlana Alexievich y tenemos talleres maravillosos y hay ejemplos maravillosos de crónica que a los lectores les encanta, los lectores no paran de criticar también el periodismo de todos los días. Algo no se está haciendo bien tal vez con el periodismo de todos los días, a eso me refería. Se cuestiona que hay diferentes operaciones, que los periodistas son operados por determinadas facciones políticas…

— Sí claro, se ha vuelto una torre de Babel, ¿no? Si antes había diarios, canales de radio, canales de televisión y todo estaba en su sitio ya no es así. Se sabe que en algunos casos determinado grupo del sector privado son los dueños de este canal o diario. Hay una especie de rumbo político de cada canal o diario de turno que un poquito más a la derecha, un poquito más a la izquierda, el Wall Street Journal comparado con el New York Times, Clarín, La Nación, no sé qué. Pero dentro de un ámbito aceptado por la población, o por el público. Después están los países en donde el gobierno influencia más a los medios con los campos pagados (N. de la R: pauta publicitaria), con su Ministerio de Cultura o de Información de turno, y con este afán reciente de amedrentamiento de los medios, y es circunvalar y circunscribirlos. Yo creo que tenemos todo eso más internet, lo digital, más el hacking, más los leaks… Es un panorama bastante confuso para los periodistas y para el público. 

—¿Y la autocrítica?

— En cuanto a nosotros, creo que si estamos perdiendo audiencia o no llegamos al público, siempre debemos intentar ser mejores y deberíamos juntos reflexionar por qué está sucediendo e intentar encontrar métodos y conductas nuevas para reconquistar ese terreno. Ahora, una parte de todo eso es económica. Algunos tendrán más suerte que otros y durarán, otros se pensionarán. O sea, algunos periodistas no van a lograr zanjar este período tumultuoso, casi revolucionario en lo que es la comunicación en donde difícilmente se distinguen propaganda y lo que es noticia, entretenimiento, todo eso. Pero yo creo que, en esencia, nuestro deber es lo mismo que siempre, sobre todo si somos periodistas de la política y de la actualidad, de cobertura y análisis del acontecer. Nuestro deber es servir al público con lo que entendemos y analizamos -de la mejor manera posible- la realidad de nuestro tiempo. Y trasladarlo de manera sincera y honesta al público. Si el público, en determinado momento o en determinado país, no lo acepta o lo vilipendia o no lo digiere es muy lamentable y estamos perdidos, al menos en esa época y en ese país. Pero no tenemos otra, no tenemos otra llave mágica que la realidad, la sinceridad, la honestidad.

Lihueel Althabe

— ¿Y la expresión ideológica política de un periodista entonces tiene que ser expresada? Es decir, ¿está bien que el lector sepa si un periodista está en contra de quien está en este momento en el poder? Lo digo por lo que mencionabas antes acerca de Trump.

— Sí, mira: recién se me ha planteado. O sea, yo no me expresé así antes pero yo creo que estamos en un momento excepcional. Hay momentos en la vida en que uno no sólo es periodista sino es ser humano, ciudadano, y uno tiene ya un papel. Quizás si yo tuviera 25 años y estuviera recién comenzando en un diario a lo mejor me cuidaría más. Pero no sé, yo creo que Trump rompe el molde. No soy el único, el New York Times dice siempre con el tono flemático del New York Times que el presidente Trump mintió hoy cuando dijo tal y tal. Es un asunto fáctico, no es ideológico, es que si él miente hay que decir que mintió, no es que, ah, porque nosotros somos demócratas y tú eres republicano, no. Y así lo hacen. Porque resulta que él es un farsante y cínico y está ahí; no es como Obama, que podría haber circunvalado algo, no dicho algo, aunque también intentaron con rigor periodístico pillarlo por otros medios. Pero esto es distinto, el comportamiento de este tipo es distinto. ¿Sabes qué? Lo veo con tristeza en la televisión porque la verdad es que se ha perdido prácticamente lo que es el noticiero. Todo es pro o en contra, está muy polarizado. Se ve menos en los diarios, esto es muy reciente. Pero sí estamos experimentando una etapa nueva en donde somos más explícitos en torno a lo que pensamos que ha de ser la actuación correcta, aceptable, dentro del ámbito democrático de nuestros gobernantes. Somos muchos y de muchos aspectos de la sociedad quienes tenemos que enfrentar un reto nuevo. Mi reto es distinguir lo que hago como cronista. Pero si me preguntas sobre Trump te voy a decir sin pelos en la lengua lo que creo. Ahora, si mañana yo tengo que hacer una crónica sobre México, Brasil o Canadá lo voy a hacer de la misma forma que siempre hice. Es más, te voy a decir algo, a pesar de que me he expresado como me he expresado sobre Trump, hace poco estuve en la Casa Blanca y entrevisté a alguien muy cercano a Trump. Tuvimos una conversación casi normal, buena, nos dimos la mano. Fue un poco extraño pero bueno, yo me porté bien, las reglas establecidas en torno a la conversación las respeté.

— Fue cordial.

— Fue cordial. E, inclusive, antes de la conversación hubo un intercambio del orden de: “Sabemos, Jon que ustedes no están nada a favor de este presidente, ¿por qué te vamos a dar la entrevista?” Yo dije cierto, mire, yo no lo escondo, bueno, pueden mirar en la red, no es santo de mi devoción su presidente, pero esto es un tema que va más allá de mis gustos personales. E igual van a salir en este reportaje, si quieren intervenir para explicarme yo los trato de manera balanceada y justa, tienen mi palabra. Y así fue, aceptaron y así fue. Fue interesante. O sea, yo puedo sobrellevar mis disgustos también para a veces…

— Para seguir trabajando.

— Seguir trabajando y cruzar un poco el portal, ¿no? Pero yo a Trump lo detesto.

— Tenemos que ir terminando pero no quiero dejar de preguntarte para que me respondas brevemente cómo ves la situación de Venezuela. Si le ves salida pronta a la crisis o creés que el pantano puede seguir mucho tiempo más.

— Yo creo que el presidente Maduro va a quedarse un tiempo. Hablando de él, yo creo que está fuera de riesgo a que lo saquen de manera violenta. Y creo que en el duelo que él y el gobierno han tenido con la oposición, ganó él. Entonces, la oposición está en este momento muy atomizada, entre sus filas hay una sensación de desazón y desanimo. Pero eso mismo va a sacar vapor de la tetera. Hay mucha gente yéndose del país, por razones sobre todo económicas pero también por un pesimismo en torno al futuro. Yo creo que vamos a ver esto durante un buen tiempo.

— ¿Podrías decir que hay democracia en Venezuela?

(Largo silencio ante cámara, Anderson queda pensativo) Citaría a Nicolás Maduro. Me dijo hace poco que lo que hay es una revolución. Y que Venezuela está en una etapa de aceleración de la revolución.

— Gracias por responder.

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