#CuentosEnInfobae: “La sentencia”, de María Kodama

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45 “La sentencia”, por Florencia Gutman

Estaba arrodillado en la playa. No sabía cuántas horas había permanecido allí. Ante la inmortalidad que lo rodeaba, el tiempo era un detalle. La arena blanca, las piedras, se extendían infinitas y el mar, a su espalda, infinito. Sólo el cielo marcaba su carácter mortal; lo obligaba a recordar. Era el atardecer.

Con un esfuerzo de su mente, agotada por la debilidad y el cansancio, se desafió a rememorar, uno a uno, los pasos que lo habían llevado a ese templo, perdido en los caminos de su niñez y recuperado casi al azar, para su reivindicación, ya hombre. Había llegado. Había tocado la campana de viejo bronce que dilató un sonido lúgubre, casi un lamento interminable para su conciencia agotada. Luego, los monjes, de blanco, relucientes de óleo las cabezas, se acercaron, descorrieron los postigos y le dieron las escudillas con arroz y agua y un rosario de frutos de árbol. Nada le preguntaron. Nada preguntó. Tomó en sus manos temblorosas lo que le entregaban y se alejó dos o tres varas. Después de seguir con lentitud el vuelo de una bandada de aves marinas con sus ojos empañados, giró lentamente sobre sí hasta quedar de cara al templo y se arrodilló, rememorando un viejo rito de sumisión y de triunfo sobre su propio orgullo.

A partir de ese instante quedaba declarada la guerra a su carne, a sus sueños. Durante tres días debía permanecer inmóvil. Cada mañana le renovarían el alimento y la bebida pero nada debía probar si quería ser admitido. Todo eso era menos terrible que sentir la carne, cubierta sólo por los jirones de su ropa, atravesada por el viento del mar o por el implacable sol del mediodía que quemaba su piel y secaba, en costras saladas y blancas, la humedad del mar sobre su espalda.

El ritmo de las olas le trajo un metálico rumor de katanas que hacía saltar del sueño a un niño y lo llevaba a mirar, fascinado, a hombres recios que se adiestraban para la gloria; los rostros concentrados, rápidos y brillantes los aceros. Todo eso había quedado en algún lugar, en un jardín de la que fue su casa. Ahora, como entonces, sólo le importaba el jardín y de él un árbol, un cerezo.

Nunca pudo imaginar cómo esa cosa cambiaría el curso de su vida. Fue un acto simple hecho con la inocencia del niño que arroja una piedra a las aguas del lago y se asombra al ver los crecientes círculos concéntricos que el descenso provoca. Ahora recién podía ver claro esa fatídica gravitación de las cosas pequeñas en la vida de algunos seres, impotentes para romper la maraña de tradiciones aceptadas, sin ser realmente vividas, nunca llevadas hasta el fin.

Entonces no pudo explicarse por qué veía a los guerreros saltar, inclinarse, erguirse, tenderse a fondo con sus katanas como en un escenario, ajenos, sintiendo que no penetraban en él, que no lo impulsaban a la acción.

Con el cerezo fue distinto. Desde el instante en que sus manos apisonaron la tierra junto al brote, sólo él lo preocupaba. Recordó el primer otoño, cómo tembló cuando recibió el llanto de sus flores sobre la cara y ese invierno de interminable nieve, al que nada le importaba de su espera ansiosa por la primavera. Conoció entonces la indiferencia. Buscaba refugio en esos atardeceres neblinosos junto a su abuelo, ese hombre lejano, que permanecía horas encerrado en el pequeño cuarto que daba al jardín, sentado sobre el “tatami”, dibujando con largos pinceles sobre infinitas tiras de papel signos que encerraban toda una idea sobre el amor y la fragilidad del alma humana mientras esperaba la salida de la luna.

Recordaba cómo él, acurrucado en el rincón más oscuro, espiaba los cambios de ese rostro cincelado por finas arrugas y por cicatrices a medida que la mano, con precisión y obediencia, trazaba los caminos que expresaban sus sentimientos, y la sonrisa al concluir que dulcificaba las facciones duras.

Intuía que esta dureza era distinta de la que tenían los hombres que se reunían en el salón, junto al fuego, y que hablaban con voces que eran casi rugidos sobre las tácticas de la guerra y los códigos del honor. Él quería ser como su abuelo. Era un niño y todavía podía querer. No sabía que en su mundo había otras palabras que era necesario aprender y cumplir; tradición, honor, ante todo deber. Le fueron reveladas súbitamente, como sucede con las cosas esenciales, sin poder resistir o negarse.

Sus rodillas estaban ahora dormidas. Los tendones acalambrados por la posición incómoda y la humedad de la arena. Quiso levantase pero se negó esa piedad, sólo así podría borrar aquella mirada de desprecio, impersonal, del hombre que había sido su abuelo y que se convirtió en un extraño unido a los otros en el consejo de la familia cuando llegó el momento de asumir su vida adulta. Supo que esta nunca sería la suya, la que iría hasta los otros, a aquellos que no conocían el gozoso juego del viento con los pinos, hasta aquellos que habían olvidado la melancolía y el llanto.

Tendría que enterrar su ser y representar. Los signos que encierran la belleza, la soledad, le estaban vedados. Del equilibrio y el dolor nacería luego la poesía, si estaba en él. En ese instante no podía servir de excusa a su debilidad. Otras cosas se aguardaban y esa espera era un pacto, que no podría romper sin ser un traidor.

Un día le entregaron dos katanas. Una larga para la muerte, otra corta para el honor.

Supo del tiempo al tomar el acero frío en sus manos; ese frío marcó el instante tan próximo que aún parecía presente, pero ya irrecuperable. El fin de su niñez a la que velaba con dos katanas y un terror de espera.

Se incorporó él también al escenario del vasto jardín, desde el alba, golpeando y recibiendo golpes, acostumbrando a sus músculos a obedecer las órdenes. Hasta que arma y brazo fueran uno y respondieran a un mandato, vencer.

Libró mil veces la primera batalla, en lugares distintos, acosado por fantasmas, con sus hombres muertos, presintiendo la agonía, pero despertaba siempre en el instante decisivo. Entonces buscaba paz en la naturaleza, bajo la noche, por los senderos del jardín, hasta que allí, de pie frente a él, el cerezo le recordaba la otra batalla, la que no dejaba de atormentar su corazón. Esa inútil batalla contra lo imposible de conciliar acción y contemplación, como lo había hecho su abuelo y el padre de su abuelo. Con obstinación desviaba la vista, la posaba en las estrellas, en las piedras, en lo que trajera la paz sin agitar recuerdos o deseos. Y comprendió que sólo el combate podía traer la serenidad, la verdad. Ahora, también todo su ser pendiente de un hecho externo que probaría su fuerza y, desde adentro, su debilidad dándole la cara. Esta vez tiene que vencer. Suya fue la decisión y también lo que encontraría en el camino hacia su interior, desconocido aún. Frente a eso, el mismo sobresalto de aquel despertar en medio de un rumor todavía sordo, pero que anticipaba la batalla.

Sintió cómo se ajustaba el casco, la armadura. Era como si toda la piel de su cuerpo se adhiriera a ella, como si quisiera ser ella misma, un montón de cuero y acero. No había tiempo que perder. El cerezo lo vio salir al encuentro de sus hombres, ceñida la máscara de combate, de rasgos pronunciados, crueles y comprendió que su señor había muerto la víspera.

Lo que vino después superó al sueño. Fue la realidad, infinitamente más rica y atroz. Sin posibilidad de reinventar. Definitiva como la muerte.

La luz del amanecer. Fuego, gritos, las mismas katanas del jardín, pero distintos, vivos, empapados de sangre. El sudor salado y acre, cayendo detrás de la máscara que impide ver la transformación del rostro. Primero fue el asombro al ver su brazo esgrimiendo la katana que corta el aire y cae hasta encontrar algo que resiste, que aún no reconoce y que se desploma a sus pies. Jadeando, ve una herida y un hombre y comprende que ha matado. Retrocede lleno de invade. Está vivo, es el más fuerte. Mucho deshorror; casi enseguida, una oleada de placer lo pués le llegó el asco.

De pronto, voces lo rodearon, gritando su nombre. El asombro le repetía que nada había sido como en su sueño. Con la seguridad de la soberbia, se quitó la máscara de combate y la tropa vio la otra, la del héroe.

Algo le dolía hondo, la mirada segura, serena, de uno de los guerreros muertos. Eso no debía importarle. Todo quedaba atrás. Ahora nacía su fama; ya tenía por qué luchar.

Regresaron, las hachas brillaron hasta tarde velando el insomnio del señor. Pasaron vigilias y victorias. Había perdido la cuenta el cerezo que desde entonces floreció en vano, sin la mirada de su señor. El tiempo cubrió lentamente inseguridad, temor; con una materia viscosa, mezcla de vanidad y de orgullo. Trataba de darle consistencia, de hacerlo tan duro como el shakudó de la empuñadura de su katana. Después de muchas batallas, volvió a mirar al cerezo cuando creyó que nada lo unía a lo que él representaba. El pasado. No temía ya. Luchaba por la gloria. También la suya, si cayera en la batalla sería una mirada al infinito, tranquila, como tantas que escrutaron sus ojos en los cuerpos sin vida, tendidos, cara al cielo, en la tumultuosa soledad del combate. Lo repetía como una letanía, para mantenerse indefinidamente en un clima mágico, hasta la próxima batalla. Entonces aquello era una prueba más de su fuerza, no algo exterior a lo que necesitaba asirse.

Siente ahora de una manera lacerante el frío y el sueño. Aprieta más el rosario y levanta las manos hasta la altura de los ojos, vencidos por el cansancio. El ruido del mar ya no es un estímulo. Parece incitarlo a aflojar la tensión, a tirarse hacia delante, sobre la arena, a apoyar su cabeza y a descansar. Con un esfuerzo desesperado frota las cuentas ásperas contra las palmas casi llagadas. Abre los ojos, los fija a lo lejos. Sabe que detrás de las varillas de bambú, detrás de las figuras de demonios en actitudes de combate que custodian el templo, los monjes, en una interminable ronda, han espiado cada uno de sus movimientos, instante tras instante, a la espera de su flaqueza. Ha sentido esas miradas sobre su piel, tratando de penetrarlo, agobiándolo. Está en el límite de sus fuerzas, pero sabe que aún debe resistir. Es su única posibilidad.

Aquella noche, como la otra, la única que a pesar de todo persistía en su carne, en el latido de su sangre, a solas. Aquella noche como la de su iniciación, fue despertado por gritos, relinchos y metales. Saltó del lecho para recomenzar el rito. Primero la armadura, pieza por pieza, fue cubriendo el cuerpo, luego se ciñó las katanas y dirigiendo una plegaria a los antepasados, con el gusto ardiente del sake en su garganta después de la libación, traspuso el umbral, caminó el sendero, pasó junto al cerezo, demorada la máscara en su mano, y lo miró sin temblor. El cerezo recogió sólo la mirada y creyó reconocer, recuperar en un instante detenido en la eternidad, la del niño que lo plantó, que fue su señor, muerto para él hacía mucho, y se estremeció.

Otra vez el tiempo de la guerra, las acciones casi iguales. Todavía no se ve la obra del destino, que ha movido piezas al azar.

Se siente seguridad, se aplaca el temor, con antiguas luchas llenas de equilibrio en que el vencedor es aquel que respeta mejor los viejos y complicados cánones del juego, duras reglas de honor perdidas en el origen de la estirpe, en infinitos atardeceres que conducen a un instante prefijado en el tiempo y en el espacio, en que el hombre estará definitivamente solo.

Un sueño que se repite mágicamente, del que ya no es posible despertar. Recorre el campo de batalla sin comprender. Hombres que agonizan. Una mancha que se extiende, que moja la tierra, roja y caliente. Hombres que huyen, brazos con aceros que brillan, que defienden aún, que provocan para morir con gloria. Él en la playa, sin saber por qué, a solas con su derrota.

Cierra los ojos con fuerza y trata de hallar el conocimiento al que llegará sólo por sí mismo. Su verdad, la liberación. Pero su alma está llena de deseos y de temor. Sabe que no habrá así posibilidad de cambio.

La mano se extiende, toma la katana corta. Siente frío, el cielo desaparece, en su lugar los ojos serenos, muy abiertos, ven las ramas de un cerezo mecidas por el viento. El golpe seco de las puertas del templo que los monjes han descorrido, los anticipa. Detrás de la larga fila que avanza hacia él, desnudos los pies que saben todos los caminos, los ojos bajos, entrecerrados como para evitar un deslumbramiento a la dudosa luz del amanecer, ve ramas cargadas de flores que se tienden victoriosas. De rodillas aguarda el momento en que será conducido al interior del templo. De pronto, desciende sobre él la comprensión. Se oye como en un sueño repitiendo: “He sido más fuerte que mi carne, que mi debilidad. He desafiado la espera paciente de los monjes. Todos los caminos convergían hasta aquí, desde el comienzo, pero no supe verlos. Ahora será distinto”.

Siente su yo exaltado, fundido con el mar, con las flores del cerezo. Las manos callosas de uno de los monjes se extienden hacia él. Lo cubren con la túnica. Levanta los ojos. Los demás, agitados los ropajes por el viento, hacen sonar las cuentas de los rosarios entre las palmas con un ruido monótono y cruel. Los ojos oscuros fijos en él aún aguardan. Se pone de pie a pesar de los miembros insensibles. Avanza, sabe que alcanzará su meta por la acción de sus obras y de sus palabras. Abre los brazos lentamente y dice: “No hay valor. No hay cobardía, aunque ambos conviven en uno. Yo los vencí. Yo pude…”.

Sus palabras soberbias se extienden a lo largo de la playa. Golpean el rostro de los monjes, tapan el insistente mar a sus espaldas, tratan de llegar más allá, a los cerezos entrevistos del templo, hasta allí, donde lo aguarda su paz.

A través de sus palabras Emma-Ho, el que decide el destino en el infierno, entró en él y se apoderó de su alma.

De “Relatos” (Sudamericana), de María Kodama

 

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