Cómo saber si tu relación está condenada

0
74

Foto de Craig Loftus vía Flickr

Porque llegados a cierto punto, todos vamos a acabar cenando con nuestra pareja en silencio y deseando que la muerte llegue pronto.

Con suerte, ya habrás conocido el desamor durante tu adolescencia. Por muchas razones, es mejor que te pisoteen el corazón y te lo rompan durante esa etapa de tu vida en la que es socialmente aceptable llorar mientras escribes en un diario, porque a) te prepara para las rupturas de adulto, y b) es menos probable que te cojas una borrachera brutal y te pases una semana entera en el baño después de que te peguen la patada tras diez años de relación.

Sin embargo, es diferente que te rompan el corazón en un instante a que se te consuma poco a poco, como a menudo ocurre a partir de los veinte años hasta el día que mueras. No es el tipo de desamor que experimentas en el instituto; es un tipo particular de desamor de adultos, el que llega cuando las ardientes llamas del principio del romance se han consumido y han pasado de carbón a ceniza; cuando vuestras vidas se rozan la una con la otra y los bordes entre los dos se suavizan del contacto; hasta que te conviertes en un mueble en la vida del otro, no en una fuente de felicidad. Incluso ahora, mientras lees esto, puede que estés pensando, “No, no lo he hecho, a mí no me pasa”; en ese caso eres una de esas cristianas que se prometen, con el anillo y todo, y acaban casadas para siempre con el primer chico al que besaron en primaria, o bien es que está ahí fuera esperándote.

El camino de la ruptura es largo y solitario, una mezcla de acontecimientos individualmente desagradables y casi increíblemente turbadores. Hoy vamos a hacer un recorrido por algunos de ellos. Si reconoces alguno de estos signos, quizá quieras prepararte para la inminente muerte de tu relación. Aunque probablemente ya sepas que el final se está acercando, ¿no?

Foto de Max Pixel

LAS PELEAS SON MÁS HABITUALES Y NO TIENEN SENTIDO

Pelearse es una parte bastante natural de las relaciones. Siempre hay excepciones, como esas parejas casadas, con la espalda erguida, que miran sin pestañear, que nunca se han “tirado los trastos a la cabeza”. Esas parejas que, cuando las conoces —en bodas, fiestas en el jardín o en la velada de puertas abiertas de tu madre en Navidad, siempre cogidos de la mano y con caras similares— siempre te ponen los pelos de punta porque no consigues entenderlos, tan acaramelados que solo de verlos sufres un empacho de azúcar; como si solo pudieran quererse el uno al otro cuando hay gente alrededor con ganas de cargárselos.

Pero hay un cambio casi imperceptible entre pelearse por algo (“¡No te implicas! Nunca sacas la basura si no te pido que lo hagas. Sigues quejándote porque no tenemos dinero y tú no paras de comprar cocaína!”) y pelearse por nada (“¿POR QUÉ HAS PEDIDO COMIDA EN ESE CHINO? ¡SABES QUE ES UNA MIERDA! ¿QUIÉN LLENA ASÍ EL LAVAVAJILLAS? ¿POR QUÉ Y CÓMO ME HAS LLENADO EL ORDENADOR CON 60 EPISODIOS DE ESA SERIE?”). Cada vez más, estos fuertes altercados vienen provocados por cómo bebe de la botella tu pareja, de su forma de reír, o por usar una palabra muy común en un contexto equivocado. Y después, ah, sí; te das cuenta de que no han “hecho” nada. Es que son así.

SIENTES NÁUSEAS SOLO DE PENSAR EN EL SEXO

Cuando te das cuenta de que solo has sido capaz de correrte durante el sexo pensando en que otro te está penetrando durante todo el polvo, entonces ya es demasiado tarde. Para ti, su cuerpo ha perdido toda la sexualidad. Pero no de una manera reconfortante, como si hubierais envejecido juntos y vuestro vínculo trascendiera los cuerpos; más bien parece un objeto extraño que ya no tiene mucho sentido. Te darás cuenta de que cada vez te desvinculas más de la experiencia, y empezarás a prohibir los besos como Julia Roberts en Pretty Woman; no porque fomenten la intimidad, sino porque hasta la muestra de afecto más natural te resulta demasiado ofensiva. Ahora mismo solo es tolerable tocarse los genitales; a partir de ahora, solo genitales con genitales. Cualquier postura que impida el contacto visual con la pareja, como el perrito, se vuelve básica. El sexo oral tiene un pase, pero que por nada del mundo levante la vista y te mire.

Por suerte, con frecuencia el sexo se practica de noche, así que tendrás tiempo de sobras para mirar a la pared en la oscuridad y pensar en el sentido de todo. Si el sexo, el único placer que se nos da en esta deprimente vida, empieza a ir mal, es el primer signo de que todo se va a la mierda y, considerando que es lo más visceral (físico, mental, emocional), no serás capaz de ignorarlo y de esperar a que se pase.

SUS PENSAMIENTOS Y SENTIMIENTOS EMPIEZAN A NO IMPORTARTE

Hagamos un divertido ejercicio de visualización:

i. Imagina a tu pareja al lado de una ventana, sobre un suelo de parqué que cruje al pisarlo, el sol de verano baña la sala con una suave luz blanca, y en el aire que os separa flotan motas de polvo de tonos blancos y grises claro. Acabas de mandarle un mensaje en el que la llamas “zorra” o “puta zorra” otra vez, y está llorando. Llorando más y más y más. Tú. Tú la has hecho sentir así. Tienes la cara como un tomate y las lágrimas le resbalan por la cara. Has ido demasiado lejos (todo atisbo de dignidad se ha perdido, así que llora abiertamente), demasiado lejos como para esconderlo, así que está llorando sobre su camiseta, las lágrimas saltando desde sus mejillas, lamentándose, y la habitación huele a sal. Tú has hecho esto, tú eres el responsable. ¿Qué sientes?

A. Algo
B. Nada

ii. Un autobús acelera y se aleja de ti. Conoces ese sonido, el de un vehículo ruidoso en medio de los silenciosos sonidos del tráfico de las afueras ¿verdad? En la distancia ves a unos niños jugando con una gran pelota roja que se lanzan el uno al otro. Tu persona amada yace muerta en la carretera, con la cara azul, un hilo de sangre saliendo de la boca. Su cuerpo es un amasijo de piernas y brazos retorcidos. Intentó coger el bus, y en vez de eso el bus la atropelló. Ahora está muerta. Los ojos siguen abiertos, pero vidriosos. Te acercas. Te acercas a la cara que una vez contemplaste y a la que susurraste “te quiero”. ¿Qué sientes?

A. Algo
B. Nada

RESULTADOS

Mayoría de A: ¡Bien! Bien.
Mayoría de B: Mal, mal.

Foto de Chris Bethell

NO SE TE OCURRE QUÉ DECIRLE

¿Alguna vez has tenido alguna cena triste? Una cena triste es una cena que es triste. Creerás que es imposible, pero luego, cuando levantas la mirada, ves la mesa y a la persona de quien dices estar enamorado y nada. “Bueno, ¿y qué…?” dices, cogiendo el salero e inclinándolo, pero no lo suficiente como para que los cristales que se mueven en el interior acaben cayendo; “¿Qué… te ha dicho tu madre?, y dice “¿Mmm?”, y tú respondes, “¿Qué te decía tu madre? Por teléfono, el otro día. ¿No te llamó tu madre?”. Y dice, “Ah”, y “Sí”, después hace una pausa y uno de los dos exhala todo el aire de sus pulmones, haciendo un sonido parecido al del viento silbando a través del vacío que ha quedado en el sitio que estaba tu corazón, y dice, “Ah, nada, hablábamos del perro”. Y entonces permaneces en silencio durante cinco minutos hasta que llega la comida, y en ese momento dices, “¡Ah, la comida!”. La comida os ha salvado a los dos, y solo te darás cuenta de que ni se te pasó por la cabeza hacer una foto para Instagram cuando llegue la cuenta. Cuando las cenas son tristes, sabes que se ha acabado. Evita las cenas tristes.

PREFIERES EVITAR PENSAR EN EL FUTURO

Has reservado las vacaciones con tu pareja, pedazo de idiota, y ahora la fecha se acerca amenazante, como si fuera el primer aniversario de la muerte de un pariente cercano. Empiezas a averiguar qué amigo podría estar libre para ocupar su lugar, si fuera el caso; el anticipo que diste sacrificando tu mísero sueldo se iría al garete si lo cancelas todo. ¿Es malo esperarse unos… seis meses hasta Tenerife para dar por terminada la relación? Lo digo porque eso es medio año de tu vida y medio año más cerca de los treinta.

Si no has hecho reserva, ninguno de los dos sacará el tema porque entonces, para bien o para mal, estás comprometidos a pasar dos semanas juntos sí o sí cubiertos en crema solar, lo que puede dar la impresión de que las cosas han vuelto a la normalidad. Es difícil estar muy enfadados si estás en una piazza de Roma bebiendo una cerveza y viendo cómo se pone el sol mientras esperáis un plato de espaguetis y mejillones. Pero todo explota (a partir de) la segunda noche, cuando uno de los dos no encuentra las gafas de sol y se vuelve una pelea a gritos de dos horas y uno de los dos sale de un portazo por la puerta del hotel y se va a dar un largo paseo cabreado y vuelve tímidamente 45 minutos después y tiene que pedir una llave a recepción para volver a la habitación. Después voláis en el avión en silencio de camino a casa.

Básicamente, no mandes al garete lo que os queda de relación atreviéndote a proponerle iros de viaje juntos.

CUANDO ALGO BUENO PASA, YA NO ERES EL PRIMERO EN DECIRSELO

Uno de los servicios más infravalorados que aporta una relación es tener a alguien que está obligado a recibir tu llamada cuando estás emocionado por conseguir un ascenso o porque tu hermana se casa, o porque has visto un perro muy mono por la calle; asumámoslo, porque no le gustas a nadie más en tu vida como para que te aporte un nivel de apoyo emocional así. Poco a poco acabas enviando mensajes a otras personas (a un mejor amigo, a tu madre con la que no te llevas tanto, a esa persona razonablemente atractiva y con la que disfrutas chateando) cuando algo importante pasa. Lo mismo cuando algo malo sucede. Verás, lo que está pasando es que tu subconsciente te está preparando para la vida después de la inevitable ruptura, cuando la persona que te quiera y te odie más seas tú mismo.

LOS ABRAZOS O TOCARLE LAS PIERNAS TE PROVOCA ESCALOFRÍOS

Recuerdas aquella vez que llegaste a casa y viste que estaba en la cocina justo después de haber llorado (su tía está enferma o algo; no estás realmente seguro de los detalles y te has pasado ocho noches seguidas fuera) y sentiste esa sacudida de ternura que solías sentir, te inclinaste y le diste un abrazo; y casi pareció natural pero en realidad no mucho, y te lloriquea en el hombro durante un segundo, mientras tú la sostienes y piensas: estoy literalmente sujetando a un trozo de carne que llora.

Foto de Jake Lewis

FANTASEAS CON UNA VIDA EN SOLITARIO O EN UNA VIDA CON CUALQUIER OTRA PERSONA

“Hmm”, piensas cuando sueñas en un domingo de relax en el que puedes salir a correr como te prometiste que harías, tomarte un café de 5 euros mientras observas el canal, caminar hacia un bar para beberte la primera y comerte una hamburguesa y quedar con amigos que no has visto desde hace mil años porque tu pareja dice que los odia. Joder, ¿no sería mejor vivir solo? Podrías adoptar un perro. O mudarte a Nueva York durante un tiempo. O querías intentar pasarte al veganismo, ¿verdad? Ponte a cocinar para ti, no la dieta que dicen que sigues a base de la boloñesa, las tortillas y el curry para llevar que te tanto gusta. Podrías ser libre. Podrías comprar flores y llenar la sala de estar. Podrías engancharte a Twin Peaks, la serie cuyo primer episodio visteis juntos y no le gustó. Cómprate un reproductor de discos y llena tu vida de música, no esas putas listas de Soundcloud que suenan por los altavoces del ordenador. Joder, ¿no sería mejor…? No, no lo pienses. ¿Pero no sería mejor si… se muriera?

EN REALIDAD NO TE IMPORTA TANTO RECONCILIARTE DESPUÉS DE PELEARSE

Solías ser tú el que se buscaba reconciliarse después de la pelea suplicando, llorando, comprando flores y dándole una doble ración de sexo oral, pero ahora solo dices “Vale, lo siento” rápidamente y sigues viendo los tres episodios de la vieja serie Apprentice en YouTube. ¡Oh, ese Hopkins!

LA INFIDELIDAD

Quiero decir, cuando tu relación dé signos de estar muriendo, ser Infiel, con mayúscula inicial, es una buena manera de ver que las cosas no van tan bien como podrían. Es decir, si sales, te emborrachas y te tiras a otro, es muy difícil seguir adelante. Pero ser infiel con minúscula inicial también cuenta, y es más traicionero, porque no te das cuenta de que lo estás haciendo: le envías mensajes al colega del curro fuera del horario laboral, tienes una larga conversación por el chat de Facebook con alguien que de algún modo te gusta, sigues otra vez a tu ex en Instagram. Técnicamente no has hecho nada (superarías la prueba del polígrafo, y los cimientos de una relación se basan en eso) pero un pensamiento se ha deslizado hasta un pequeño plano intermedio de tu conciencia: si quisieras, podrías ser infiel, ¿no? Ahí tienes tu miembro y tienes a alguien que casi te sirve de repuesto. El motor está en marcha y las luces están encendidas. Solo necesitas tocar el pedal del acelerador y arruinar tu vida con solo apretar un poco.

ACABAS HACIENDO ACTIVIDADES CASI ROMÁNTICAS CON TUS COMPAÑEROS EN VEZ DE CON TU PAREJA PARA NO DESPERDICIAR EXPERIENCIAS NUEVAS

En uno de vuestros deprimentes paseos, pasáis por el nuevo restaurante que han abierto en el barrio. “Pinta bien”, dice uno de los dos, y el otro dice “Hmm”. Mucho tiempo atrás, en épocas mejores (cuando ibas cachondo todo el día, cuando ansiabas su cuerpo y su compañía, cuando la necesitabas siempre y en todo momento; cuando no podías pasar un día sin ella, sin esa cara tan dulce y ese oportuno toque suave ) hubieras dicho, “Podríamos entrar”. Igual ahora también lo hacéis, habláis sobre ello, más tarde, quizá en términos de posibilidad, sabiendo que no lo haréis pero que la idea está ahí, en el aire, hasta que, seis semanas después, todavía no habéis ido y acabas yendo con tus amigos después de las cervezas. El pollo, como explicas después en casa, estaba “bien”, así que en realidad ninguno de los dos acaba decidiendo ir allí juntos. Y probablemente encuentres un sitio nuevo de pizzas con pan de masa madre, y al momento te vienen a la cabeza dos o tres amigos con los que preferirías ir antes que con tu pareja, así que les mandas un mensaje y decidís quedar este miércoles antes de que hayas llegado en silencio a casa. Piénsalo de esta manera: ir a comer con tu pareja, en este momento, en este fracaso de etapa de vuestra relación, es otra experiencia que va a estar en el conjunto de noches sobre las que no volverás a pensar. Simplemente es un desperdicio de dinero.

Foto de Jake Lewis

BÁSICAMENTE SIGUES CON TU PAREJA PORQUE VIVÍS JUNTOS Y TODAVÍA OS QUEDAN OCHO MESES DE CONTRATO

Escucha, en esto te compadezco porque todos nosotros vivimos vidas sirviendo a los constantes caprichos y deseos de nuestros caseros, y a todos nos asusta preguntarles por correo cuál sería la penalización por finalizar el contrato antes de su cumplimiento si fuera (totalmente) necesario. Pero esa no es razón para seguir juntos. Mudarse a vivir juntos es un gran paso para la mayoría de parejas (en realidad está a medio camino entre “salir juntos” y “estar legítimamente casados para siempre”). Pero si va mal, la emoción del primer viaje en pareja a IKEA para comprar tres armarios que a día de hoy sigues sin montar y una planta de aloe para el baño se desvanece, y ahora lo único que os queda es un sitio concreto en el sofá que os gusta a los dos y dos rutinas mañaneras independientes que conviven sin conectarse jamás, y sigue volviendo muy tarde del trabajo, y has pasado un par de noches durmiendo en casa de tu hermana, de todos modos; y estás contando los días que faltan (¡solo ocho días de pago más hasta que puedas buscar otro sitio! ¡Solo 203 días más de este infierno!), pero de verdad, si el miedo administrativo de tener que devolver las llaves, recuperar la fianza y encontrar otro lugar donde vivir es el único vínculo que os ata, es mejor cortar la relación ya*.

*A menos que te hicieran un bueno precio de alquiler. Lo digo de verdad. Si estás pagando menos de 700 euros en Londres, entonces vale la pena mantener viva tu farsa de relación durante un tiempo más, probablemente.

EL FINAL, O VACILAR ENTRE UN ‘SILENCIO HORRIBLE’ Y UN ‘¿PODEMOS HABLAR?’ PARA DEJARLO

Si con tu ojo mental puedes imaginar a tu esposa suplicándote que la ames y te lo puedes sacar de encima sin que prácticamente te importe una mierda, entonces estás a pocos minutos de una llamada o un mensaje con el que asestes el duro golpe final. Llegados a este punto de sociopatía, prefieres entablar conversación con un vendedor ambulante borracho y que se ríe a carcajadas metidos en un tren abarrotado antes que responder un mensaje de tu pareja. Y no te importaría una mierda porque sientes que te están arrinconando para tener conversaciones de las que no quieres formar parte, como cuando tu amigo va a mear y te deja solo con un colega suyo al que no conoces de nada. No tenéis nada en común, nada que valga la pena decir, no hay necesidad de interactuar; solo estáis sentados en un silencio muy pesado. Y cuando hablas acaba siendo algo del estilo: “¿Podemos… hablar?”, una situación en la que casi rompes pero decides hacer un tímido esfuerzo. De nuevo en silencio. De nuevo a charlar. Y así sucesivamente hasta… el final.

…¡Hasta que te metas en otra relación de dos años y te pase lo mismo!

Publicado originalmente por VICE.com